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Gatsby
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amables y sentidosque fueron delicia de nuestros padres. He dado en creer que su lecturaserá
provechosa para la actual generación.
Me ocurre preguntar: ¿Será interesante para ella este modesto libro queacaso peca de
indiscreto? ¿No será acogido con menosprecio y risasburlonas? Yo quiero que los muchachos
que ahora empiezan a vivir, sepancómo sentían y pensaban los jóvenes de aquel tiempo. Sea
como fuere,prosigamos la tarea, y que la mocedad de hoy, agitada y turbulenta,tristemente
precoz, falta de nobles ideales, prematuramente envejecida ynunca saciada de placeres, sepa
cómo eran, qué pensaban y qué sentíanlos jóvenes de entonces.
Permanecía yo en mi sitio predilecto hasta que las sombras invadían laciudad, hasta que se
apagaban en los horizontes y en las cimas losúltimos reflejos del sol, y Villaverde encendía sus
luces, y Véspero, elamado Véspero, bañaba la vega en apacible y misteriosa claridad.Entonces,
apoyado en nudoso tallo, cortado a la subida, bajaba yolentamente, cargado de flores: irídeas de
subido escarlata, que amillares crecen entre las piedras de la vertiente; «patas de
león»,simpáticas moradoras de las umbrías; buvardias que se me antojantalladas en coral;
helechos que parecen tiras de raso; musgos raros;frutos desconocidos; guías enflorecidas de
cierta campánula blanquecinaque huele a miel virgen.
Ya sabía yo que Angelina me saldría al encuentro. Al llegar me laencontraba yo en la puerta,
cariñosa, sonriente, como toda niña delantede aquél a quien ama, cuando sospecha que es amada.
—¿Qué me trae usted?
—Lo más hermoso que pude hallar.
La huérfana recibía las flores y corría a examinarlas. Mirábalas una auna, aspiraba su aroma, y
en la corola de la más bella, en el ramilletemás lindo, dejaba un beso silencioso que yo me
apresuraba a recoger.
Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lomás encumbrado de la
sierra; ahora no caminaría yo cien metros en buscade una rosa, así fuese para obsequiar a la
mujer más bella. Llamo a unjardinero, le encargo un ramillete, y... ¡listo!
XVII
De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando conAngelina. Ella y
tía Pepa hacían sus flores, y yo hojeaba un libro oleía para mí.
—¡Lea usted en voz alta!—solía decirme la doncella.—Lea usted algobonito....
—¿La vida del santo del día?
—¡No!—contestaba en tonillo suplicatorio, haciéndome un mohín de niñamimada.
 

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