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Gatsby
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son los enamorados?¡Eduardito... sólo Eduardito! El muy tonto, como tiene dinero, como
supadre es rico, está seguro de que le hará caso.
Mis paisanos no tardaron en advertir que, tarde a tarde me pasaba yo lashoras oyendo tocar a
Gabrielita. Una noche, al entrar en la botica, oíque hablaban de la señorita Fernández, y que
decían algo de mí. Prontosupe que en todos los corrillos, en todos los mentideros, en cada
casa,decían y repetían que estaba yo enamorado; que me bebía los vientos porla hija del
acaudalado dueño de Santa Clara.
XV
Una tarde recibí una cartita de don Román, una esquela muy punticomada,escrita
gallardamente, con aquella la excelente letra de Palomares queaños atrás dió a mi maestro fama
de habilísimo pendolista.
«Muy querido discípulo y amigo:
«Como te lo ofrecí anteayer, estuve anoche a visitar al señor Lic.Castro Pérez para hablarle
acerca de tí, y de lo útil que podías serleen el despacho. Díjele cuanto me pareció oportuno: le
hablé de tusbuenas prendas, de tu buen carácter, de tu índole laboriosa, de tuinstrucción sólida y
bien dirigida, y de la dificultad en que tehallabas para seguir los estudios y la carrera tan
brillantementeiniciada, así como de la necesidad en que te veías de buscar algoproductivo.
Oyóme de buena voluntad (lo cual me pareció de buen agüero)y me prometió ocuparse en el
asunto a la mayor brevedad. Juzgo necesarioque le hagas una visita, cuanto antes, y te
recomiendo que trates a miamigo (que lo fué también, y muy íntimo, del señor tu abuelo) con
tugenial y característica bondad, con la cortesía que te distingue. CastroPérez se paga mucho de
exterioridades, y para tenerle propicio esnecesario halagarle. Es maniático, y la menor cosa le
contraría. Ya tedejo preparado el campo. A tí te corresponde lo demás.
«Ven por acá. El hígado me tiene desde ayer molesto y «achicopalado».Ven, charlaremos, y te
enseñaré algo que te gustará mucho; unosexámetros que forjé anoche contra esos «sabios» de
«La Sombra» y de «LaVoz».
«Ya sabes cuánto te quiere este tu maestro y amigo
Román López».
Me dió mala espina la esquelita de mi señor maestro. Desde luego penséque iba yo a tratar
con un hombre de mal carácter. Esto me pusodisgustado. Me imaginé que Castro Pérez era uno
de esos abogados viejos,peritísimos en cuestiones de Jurisprudencia, pero en lo demás
unosignorantes de tomo y lomo; un señorón de aldea, pagado de su fama y desu ciencia, de esos
que suspiran por todo lo antiguo, y que siempreestán mal dispuestos para todo lo nuevo; un
fantasmón iracundo, gruñón,de esos que ven con desconfianza a los jóvenes, y que se complacen
encensurar a todas horas la educación enciclopédica de estos tiempos, lacual, si bien no produce
sabios a granel no cría fátuos, como tantosviejos que yo conocía, encastillados en su saber
 

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