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Gatsby
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Sacrificaré—me repitió—hasta el último medio. Eso no era posible.Convinimos en que
hablaría con algunas personas de las más ricas deVillaverde, particularmente al señor Castro
Pérez, para que meproporcionaran empleo. Cualquiera sería bueno, se ganara mucho, seganara
poco. El caso era trabajar.
¿Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situación de mifamilia? ¿Me sería
dable corresponder a los sacrificios de aquellascariñosas ancianas que por verme dichoso habrían
dado su vida? Confiesoque en aquellos momentos me faltó el valor. ¿Qué haría el
inexpertoescolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?Respondía de su
diligencia, de su abnegación; pero no fiaba en susaptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde
todos le conocían; queallí, de tiempo atrás, todos los suyos merecieron consideraciones de
losmás conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempomiraba en ello cierta
dolorosa humillación ¡Valor! Ayúdate que Dios teayudará.
XI
Dejóme triste y abatido la conversación de Andrés. La generosidad deaquel servidor, fiel en
todo tiempo a sus amos, me llenó de admiración.Andrés no tenía familia; no conoció a sus
padres; le dejaron huérfano enmuy temprana edad, y pasó la infancia en el campo,
desempeñandorudísimas labores, al servicio de gentes que lo trataban mal. Solíarecordar las
amarguras de esa época, y contaba minuciosamente sustrabajos y sus penas; pero nunca le oímos
quejarse de la aspereza de susprimeros amos, ni jamás se le escapó una palabra en contra de
ellos.
Mi padre le sacó del rancho donde vivía, le tomó a su servicio, y elmancebo fué bien pronto
digno del cariño de todos nosotros.
No quiso casarse.
—¿Para qué?—contestaba.—¿Para qué? No me hace falta la familia.Ustedes son mi familia,
¡ustedes son todo para mí!
Cuando la familia vino a menos, y mis tías no pudieron ya retribuir susservicios, Andrés, más
por ser útil a nosotros que por deseos de medro,nos dejó y fué a establecerse en un pueblo
cercano. Con sus ahorros, yamuy mermados por haber subvenido secretamente a las necesidades
de lafamilia, puso una tienda, y allí, a fuerza de trabajo y de economíashizo un piquillo, que,—
como decía,—le bastaba para vivir y auxiliar alas señoritas.
Cayó enferma mi tía Carmen, y Andrés se dijo:—«¡A Villaverde! No debovivir lejos de la
familia. Ahora más que nunca necesitan de mí. ¿De quésirve ir a verlas de cuando en cuando?»
Traspasó, malbarató el «changarro», lió el petate, y se vino aVillaverde. En Pluviosilla
hubiera estado mejor y habría medradofácilmente, pero como su objeto era vivir cerca de mis
tías no vaciló entrasladarse a la budística ciudad.
 

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