cuandolas elecciones del Jefe Político), un papasal, dándosela de espíritufuerte, de libre
pensador, y yo,—el dómine habló quedito, como temerosode que le oyesen—¿qué hice? Tomé
la pluma, y burla burlando le puse deoro y azul. Mandé a «El Montañés» tres comunicados de
chupa y daca.Hijo: mi hombre vio lumbre, y gritó, pateó, rabió. Pero no escarmienta,y sigue
disparatando a su gusto en esa «Voz de Villaverde» que no es vozni cosa que lo valga, sino un
papelucho asqueroso, indigno de una ciudadque, como la muestra, es patria de tantos hombros
ilustres, como elGeneral de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro elilustrísimo
Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo «in pártibus» deMalvaria. El mejor día, luego que me
deje el reuma, le largo un artículomorrocotudo, en latín, en latín crespo y ciceroniano, y entonces
yaveremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... ¡una sola!¡Y el otro! ¡otro que bien
baila! ¿Ocaña, Jacinto Ocaña, el que vino dePluviosilla tan sabio como un guardacantón, y que
ahora regenta la«Escuela del Cura?» Este no habla mal de mí en los mentideros, ni meinsulta en
los periódicas, ni se burla de mis canas en la botica deMeconio, no; pero un día, en «El Puerto de
Vigo», en la tienda de micompadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exámenes, dijo
que noquería que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi método es«anacrónico». ¿De dónde
habrá sacado la palabreja? Así dijo, y eso queyo le hice el discurso que pronunció el 16 de
Septiembre. Yo no fuí alos exámenes. El señor cura, que es persona excelentísima, me
invitó;pero ¡mamola! ¡no fuí, no fuí!... ¡Qué había de ir este pobre viejo!Ocaña vino después a
darme satisfacciones, y con mil hipocresías me nególo dicho.... ¡Embustero! Si yo lo supe todo
por boca de Santiaguito, elhijo de mi compadre don Venancio, que es mi discípulo. El chiquillo
mecontó la cosa del pe al pa. Pero, hijo mío: no hablemos más de eso.¡Estoy muy contento; me
da gusto verte tan grande! Dime: ¿has aprendidobien? ¿vas a seguir los estudios? Síguelos,
síguelos, que harás buenacarrera. Todavía te acordarás del latín, ¿verdad? Ya lo
veremos.Vendrás, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada porahí: una oda
sálica al Pedregoso, nuestro rojo Tíber. ¡Te gustará, estoycierto de que te ha de gustar!
Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las demás iglesias deVillaverde. ¡Las
campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de laParroquia; gritonas y disonantes las del
Cristo; destemplada la de SanAntonio, muy compasada y majestuosa la del convento
franciscano.
Otra vez la bulla, el vocerío, el cerrar de libros y el estrépito degavetas.
—¡Voy a ver a esos diablejos!—dijo contrariado el anciano.—¿Meaguardas o te vas? Mira:
ven una noche; de noche estoy aquí, no salgonunca. De noche no tengo que lidiar con el rebaño;
ven y oirás la odita.Pero antes ¡dame un abrazo! ¡Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di atus
tías que por allá iré.
A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante demí un grupo de
chiquillos que venían de la «Escuela Nacional», alegres,parlanchines, con sus bolsas de brin en
bandolera, muy cuidadosos de sustinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de
un hiloque los granujas se enredaban en el índice de la mano derecha. Casi a milado avanzaban
