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Gatsby
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vuestrosinterlocutores:—«¿Y el Señor General Don Pancracio de la Vega? ¿Y elIlmo y
Reverendísimo Señor Don Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo inpártibus de Malvaria?».... Si está
presente el pomposísimo osdirá:—«¿El General de la Vega? ¡Gran político! ¡El Mecenas de
todoslos poetas veracruzanos! ¿Mi maestro el Ilmo Señor Obispo de Malvaria?¡Gran teólogo!
Amigo, amigo... ¡no hay que darle vueltas! ¡El MelchorCano de Villaverde!»
Mi querida ciudad natal es pobre, paupérrima, como decía don Román.Una agricultura
descuidada es para ella la única fuente de riqueza,gracias a las lluvias, que allí, como en
Pluviosilla, no escasean. Elsuelo es fértil, pero le falta riego. El Pedregoso con su
caucehondísimo no basta para las necesidades de la tierra.
A la pobreza debemos atribuir la indiferencia de los caracteres y latristeza de las almas. En
Villaverde nada se desea, y a nada se aspira;todos están contentos con su suerte. El porvenir es
obscuro, y anhelarlerisueño sería una locura. El alcalde perpetuo, don Basilio, dice, cuandode
esto se trata: que en esa falta de aspiraciones está la dicha deVillaverde y la felicidad de sus
gobernados. El vive muy satisfecho. Conel producto de seis u ocho solares y de un rancho
cafetero le basta ysobra para vestir a la señora alcaldesa, y a su hijo, un muchacho
idiotahinchado de vanidad.
En Villaverde se trabaja poco, lo suficiente para comer, no andardesnudo, pasar el día, y
¡santas pascuas! Quien se excediese en eltrabajo sería un tonto de capirote. No por eso ganaría
más. Así dejarael alma en la tarea no se guardaría en el bolsillo, ni achocaría para elarcón media
docena de duros. En Villaverde se gana poco, y la vida escara. Los méritos de un servidor, de un
empleado, son mayores y másestimados cuando gana poco. Aquello parece una escuela de
franciscanapobreza, una hermandad de miseria voluntaria. En Villaverde nadie paga,ni aunque le
ahorquen, más de lo que pagaron sus abuelos, allá en lostiempos felices del estanco del tabaco,
época venturosa para mi queridaciudad, lo mismo que para Pluviosilla, su vecina afortunada y
próspera.
Pero me diréis:—«¿Y esas haciendas, esas fincas, que, como Santa Claray Mata-Espesa,
levantan prodigiosas cosechas? ¿Santa Clara, Mata-Espesa,dijisteis? Pues queda dicho todo. En
ella cifran los de Villaverdeprosperidad y bienestar.
El pomposísimo Cicerón, en sus días de murria, cuando no tenía unreal, y se olvidaba de los
grandes autores del siglo de Augusto, yrenegaba de Villaverde, y no se le daba un ardite la
susodicha empresadel glorioso blasón, me decía de sus paisanos:
—¡Unos verónicos! ¡Unos verónicos! ¡Ni buenos ni malos! ¡Para ellos...¡ni pena ni gloria!
Y añadía, mesándose el copete ralo y encanecido:
—¡Está en la sangre! ¡En la sangre!
VII
 

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