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Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.
—Dice que si ya....
—¡Tía!—exclamé sin poderme contener.—¡Eso no debe decirse!
—¡Adiós! ¿Y por qué no?
—Porque no.
Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.
—¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.
La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como unaamapola, y bajó los ojos
avergonzada.
—¡No!... ¡no!...—repitió entre dientes.
—Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buenaniña!...
Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontróla doncella su
salvación.
—Usted perdone...—dijo—la señora necesita de mí.
V
Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana,aunque dulce y
cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acasoagria. Contábase en la familia, que en su
primera juventud se distinguíade mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en
lodulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,encanto de toda buena
sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa,reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal
cambio? Ello es que laCarmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los
espectáculos,moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, yengrosó las filas
de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero noera, como ellas, murmuradora y amiga de
censurar a toda bicho viviente,vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para
espiar alos vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.En mi tía Carmen
no arraigó la murmuración ni halló tierra propacia lamaledicencia, acaso porque a la nobleza de
su alma repugnaba todo lobajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en
defensadel ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremiosolteríl. De aquí que
todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sinduda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar
en los misterios deaquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal
eraresultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.
Se dijo,—así me lo contó una vez don Basilio,—que todo provenía de undesengaño amoroso.
Tía Carmen no tuvo, como todas las muchachas deVillaverde, muchos novios. Para la festiva y
 

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