Gabriela casó con Ernesto, y es madre de dos niños tan hermosos comoella. ¿Es feliz? Creo
que sí. La rubia señorita era muy lista e hizo desu novio un marido discreto, laborioso y de
excelentes costumbres.
A mi juicio nunca fué calavera ni jugador. Sospecho que le calumniaron,que para el caso
cualquiera ciudad se parece a Villaverde, y en todaspartes abunban los amigos como Ricardo
Tejeda y los señorones comoCastro Pérez.
Mi generoso rival cayó en la red, y se casó con Teresa. Luisa se haquedado para vestir santos.
Ocaña se metió a tinterillo. Venegas renunció la «Escuela Nacional», selanzó a la revolución,
y ahora es diputado—por obra y gracia deTuxtepec.
Buena memoria dejaron en Villaverde el doctor Sarmiento y mi buenmaestro don Román.
Todos se acuerdan de ellos, alaban sus virtudes, y sedicen amigos del uno y discípulos del otro.
Andrés y tía Pepilla vivieron todavía mucho tiempo tranquilos ycontentos. Tuve la dicha de
cerrarles los ojos, y les dí cristianasepultura junto a la tumba de mis padres.
En cuanto a mí.... No me he casado, y vivo muy feliz, gozando del frutode mi trabajo. En él
encontré consuelo y fortaleza. El trabajoproductivo me apartó de aquellos idealismos románticos
que me causarontantas amarguras. No soy rico, pero estoy contento con mi suerte; ya sélo que
valen los hombres, y no espero de ellos lo que no pueden darme.Tengo pocos amigos, pero, eso
sí, muy buenos y merecedores de todaestimación.
No hago versos, ni vivo entregado a los delirios de la fantasía. Creoque no es cuerdo andarse
por las nubes cuando hay abajo tantas cosas quereclaman nuestra atención. Sin embargo, no
desdeño los libros, hecomprado muchos, y con ellos me paso largas horas. Aun suelo leer
versosde Lamartine... y... a la verdad... ¡como Lamartine no hay otro poetapara mí!
Aquí concluye esta novela sencilla y vulgar. He «vivido» otras muchas,(que no merecen ser
escritas) muy dramáticas e interesantes, peroninguna como ésta tan sincera y tan casta, triste flor
de mi doloridajuventud.
«Angelina» se llama en memoria de la pobre niña que sacrificó por mí,con sublime heroismo,
todas las ilusiones de su vida.
En lo más hondo de mi corazón, como la huérfana lo deseaba, hay unrinconcito que no he
profanado con el amor de otra mujer,—y allí viveLinilla.
Orizaba, Diciembre de 1893.

