—¡Qué de noticias interesantes traerán los periódicos, Rodolfo, cuandoabismado en la lectura
no ha oído usted la sonata aquella...!
No supe como disculparme; murmuré torpes excusas, alabé una pieza que nohabía yo
escuchado, y me levanté para despedirme.
Habló don Carlos de Villaverde, del día de la Cruz, del paseo en laAlameda y en la colina del
Escobillar, y de la fiesta del Cinco de Mayo.Dijo la señora que Pepillo deseaba pasar ese día en
Villaverde, seresolvió darle gusto, y la salida quedó acordada para el día siguiente.
En los momentos de retirarnos me detuvo don Carlos:
—El día cinco le esperamos a usted. Verá Usted a sus tías y comerá connosotros. En la Plaza
es la fiesta, y sin salir a la calle lo veremostodo: el paseo cívico, y los fuegos... ¡que será cuanto
habrá que ver!
El día dos, al caer la tarde, llegó Mauricio. Me trajo una carta de tíaPepilla:
«Tu madrina sigue bien. Don Crisanto me dijo ayer que ya pasó elpeligro; pero que el estado
de Carmen no es bueno. Me ofreció venir averla cada tres días. ¡Bendita sea la Santísima Virgen
que nos ha sacadocon bien! Los ramilletes salieron lindísimos, y ya estarán en el altar.Se
llevaron de avíos más de cinco pesos, pero, eso sí, ¡son de papel muyfino! No han escrito de San
Sebastián, ni Angelina ni el Padre; seráporque han tenido mucho a que atender con las fiestas de
Semana Santa.Ahora tienen huéspedes; Castro Pérez anda por allá con motivo de que fuéa dar
posesión de unos terrenos a don Pedro Amador, uno de los ricos depor allá. ¡Qué ocurrencias de
don Juan! ¡Ir cargando con las muchachas!El Juez se va mañana. Como vive aquí enfrente vimos
que ya le trajeronlos caballos. ¡Tú dirás! En San Sebastián no hay más que jacales, y todaesa
gente habrá posado en la casa del Padre. No sé lo que harán, paracolocar a tantos en una casa tan
chica y tan incómoda, ni qué darán decomer a tanta boca. Mandarían por víveres a Pluviosilla.
Antier a lasseis de la mañana pasaron por aquí las Castro Pérez: iban a caballo, consombreros
jaranos. ¡Buena visita! ¡Pobre de Angelina que habrá tenidoque lidiar con ellas!
«A la una, cuando volvía yo de misa, me encontré a don Carlos. Iba conGabrielita. ¡De veras
que la muchacha es hermosa! Me dijeron que el díacinco vendrás a la fiesta. Nosotras estamos
contando las horas. Carmente manda un abrazo, y también Juana y Andrés.»
«Sabes cuánto te quiere tu tía
Esta carta de la tía me devolvió la tranquilidad. Todo quedabaexplicado. Angelina no había
escrito por los quehaceres de la SemanaSanta y por los huéspedes. Pero escribiría, sí, escribiría.
De seguroque al llegar a Villaverde tendría yo carta de Linilla, y acaso dentrode pocas semanas
vendría el Padre, y con él Angelina. ¡Bueno era elsanto señor para no traerla!
