Read The Great
Gatsby
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sala, y la tristeza que se apoderaba de mi espíritucuando me veía lejos de la encantadora señorita
eran indicios de que enmi pecho se encendía irresistible amor.
«No,—me dije—no, es preciso ahogar esta pasión que apenas nace y ya mequema. Huiré de
Gabriela; seré con ella desdeñoso, indiferente, frío;procuraré hacerme odioso; quiero que me
aborrezca.... ¡Vanos propósitos!¡Empeño inútil! Me refugiaba yo en el recuerdo de Angelina,
como en unpuerto salvador; me repetía una y mil veces cuanto ella me había dicho,sus palabras
más tiernas, sus frases más doloridas, las expresiones quemás hondamente habían penetrado en
mi corazón, y cuando me creíavictorioso y alardeaba de haber triunfado en mí mismo, la voz
deGabriela, el eco de su piano, el ruido de su falda, el aroma de susvestidos, cualquiera cosa
suya me hacía estremecer, y me sentía débilcomo un niño, impotente para resistir una mirada, la
más indiferente, desus ojos azules.
Me resolví a confiar a Gabriela mis amores con Angelina. Así,—pensabayo—me salvaré, y no
podré decirle nunca que la amo. «Usted, amiga mía,amiga cariñosa,—le diría—usted sabrá,
antes que nadie, que en la dichade esa joven, que es y ha sido muy desgraciada, cifro todas
misilusiones, ¡todas mis esperanzas! Estoy lejos de ella, muy lejos; hacemucho tiempo que no la
veo, y necesito oir su nombre, necesito quealguno sepa ¡que la amo, que la adoro!...»
Pero llegaba el momento deseado, y mis labios permanecían mudos, y elcorazón quería
salírseme del pecho.
LVII
De tarde en tarde, después del despacho, salíamos de paseo, a lo largodel río, hacia los
campos de caña de azúcar, hasta las faldas depintoresca y cercana colina, algunas veces a
acaballo, las más a pie.
Mauricio empujaba el cochecito de Pepillo, y don Carlos y doña Gabrielale seguían a corta
distancia. La joven y yo nos deteníamos aquí y alláen busca de flores o de helechos.
Una ocasión, viéndonos a gran distancia de los señores, nos sentamos alpie de un árbol, uno
de los más hermosos de la ribera, cerca del cual seprecipita el río a través de tupidos carrizales.
Delante de nosotrosteníamos hermoso panorama, dilatada dehesa, verdes gramales,
risueñoscollados, arboledas seculares cubiertas por floridas enredaderas, viejostroncos poblados
de orquídeas y de mil plantas trepadoras. A laizquierda lejano caserío, la fábrica, el «real», los
establos, hacia loscuales volvía el ganado, la capilla con su torre envuelta en un manto
dehiedras; a la derecha la vega villaverdina iluminada por los últimosreflejos del sol; y en el
fondo las altas montañas de la Sierra,sombrías, boscosas, coronadas de abetos y de ocotes.
Gabriela observabaatentamente el magnífico espectáculo de la puesta del sol, prestandoatento
oído a los ruidos del campo, a los rumores del río, a loszumbidos extraños con que los insectos
saludan el advenimiento de lanoche; yo, recostado en el tronco de aquel árbol gigantesco, no
apartabalos ojos de la encantadora señorita. Gabriela volvióse de pronto, y medijo con sencilla
franqueza:
 

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