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Gatsby
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—¿Saben ustedes la gran noticia?
—¿Cuál?—preguntarían en coro con Ricardo, Venegas y Ocaña.
—¡Gran noticia! Asómbrense: ¡Rodolfo a caballo! Yo lo he visto; lohemos visto nosotros....
—¿Y qué tal?
—Mala facha y mala ficha. Muy vestido de charro, tamaño sombrerote, yal cinto una pistola
que parece un cañón.
Por fin me ví fuera de la ciudad, al principio de aquel camino por dondepasé diez años antes
acongojado y lloroso, una fría mañana del mes deEnero. Recordé aquellos días amargos en que
por primera vez me alejé delos míos, niño tímido y medroso, en quien cifraban sus tías las
másrisueñas esperanzas. ¡Cuán distinto me pareció el camino! Entonces le víancho, anchísimo;
ahora angosto, como una vereda montañesa. Entoncesmiraba yo en el último término del viaje
una ciudad populosa, brillante,de todos alabada, para todos alegre y festiva, hasta para el niño
quecon los ojos llenos de lágrimas y con el corazón hecho pedazos acababade salir de la casa
paterna. Ahora... ¿á dónde iba yo? A ganar en ajenamorada, entre desconocidos y extraños, un
pedazo de pan. ¡Cuántasilusiones malogradas! ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
Ni la hermosura del paisaje ni el aspecto incomparable de las montañas,coronadas por el
Citlaltépetl con brillante cono de nieve, ni la bellezasin igual del Pedregoso que corría gárrulo y
cantante, distrajeron mimente y ahuyentaron de mi alma la tristeza....
Pocas horas después me apeaba yo a las puertas de la hacienda. Estaba yoen Santa Clara.
XLIX
Acerqué el caballo a la puerta principal. ¡Cómo me río ahora deaquellas timideces mías!
Cerca de la hacienda, al descubrir el caserío através de las arboledas, me sentí tentado de
volverme a Villaverde, ydesde allí escribir cuatro letras, dar las gracias al señor Fernández,
yrenunciar al destino. Me asaltaban tristes presentimientos; me dominabala idea de que iba yo a
ser mal recibido, y me puse temeroso yasustadizo. Temblaba yo al apearme del caballo; estaba
yo rojo como unaguindilla, y las miradas de cuantos en aquel instante me veían se meantojaron
hostiles y burlonas, particularmente las de cierto mancebo muygallardo que conversaba con
otros empleados a la puerta del «rayador».Mirábame de pies a cabeza, con cierta insistencia
insolente y tenaz,como sorprendido de mi ridículo aspecto de colegial convertido enjinete. Me
dirigí al grupo, y pregunté por el señor Fernández.
—En el comedor...—me contestaron desdeñosamente.
—Le aguardaré aquí....
El mancebo levantó los hombros y me señaló un asiento.
 

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