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Procuré tranquilizarla. Le referí mil casos de enfermedades nerviosasque tenían aspecto de
gravísimos males, y que con el tiempo y el cuidadohabían desaparecido, dejando a los pacientes
buenos y sanos.
Pareció convencida y, volviéndose a mí, me dijo sonriendo:
—Te habrás paseado mucho. Vas a ver esto muy triste. Tendrás razón,hijo; aquí nadie se
mueve; todos viven como cansados, como abrumados defastidio. Saliste bien de tus exámenes,
¡ya lo sabemos! Nos lo dijoRicardito Tejeda la noche que vino a visitarnos. El pobrecillo te
quieremucho. Nos contó que tenías mucho miedo. Nosotras rezamos por tí; Pepafué a misa ese
día, y yo le encendí una lamparita a San Luisito, a tuSan Luisito, para que te sacara con bien.
Y dime, ¿te entregaron el dinero que te mandamos para el traje? Yasabemos que sí; pero te lo
pregunto por saber si te lo dieron a tiempo.
—Sí; y por cierto que sentí mucho que ustedes hicieran esesacrificio....
—¡Ah muchacho! ¿Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tuscartas? ¡Qué sacrificio!
—No, tía, pero....
—Era preciso que te presentaras bien. Por fortuna en esos díasrecibimos un dinerito, el de la
casa. ¿Ya sabes que la vendimos?
—Sí;—contesté—creo que me lo escribieron.
—Tú dirás: ¡estaba ya tan vieja! En reponerla se hubiera gastado más.
Comprendí que trataban de engañarme, de hacerme creer que vivíancómodamente.
—Mira, Pepa: que le pongan a éste la cena. ¡Se come tan mal por esoscaminos!...
Mi tía, la joven y Andrés se retiraron al comedor. No tardaron enllamarme. La joven se
presentó diciendo:
—Que ya está la cena....
Acaricié a mi pobre tía, y pasé al sitio donde me esperaban. Las buenasseñoras quisieron
tratarme a cuerpo de rey, y sin embargo, ¡qué cena tanmodesta y tan triste!
III
Cerré la puerta, dejó en la mesa la brillante palmatoria, y de un soploapagué la bujía.
De codos en el alféizar me puse a contemplar el cielo. Los vientosotoñales habían extendido
en pocos minutos negro manto de nubes,uniformemente obscuras, y sólo en un punto ralas y
tenues, hacia elOriente, donde a través de blancos velos dejaban adivinar las más altasregiones
del éter, los océanos superiores del aire, limpios, surcadospor mil celajes voladores. Oíase el
 

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