tiene el rico, y grandes yterribles,—sino en la noble entereza que les da el dinero para
rechazarlos ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con menguadel propio decoro.
La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abateel espíritu, envilece el alma, la nivela con lo
más abyecto, y sóloespíritus muy levantados, espíritus de sublime temple, salen ilesos dela
prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almasdegradadas, para las
cuales el respeto propio es vana palabra, que sillega a los oídos no conmueve el corazón, ni tiñe
de rojo las mejillas,decimos: «¡Alma de esclavo!» Y sin quererlo pensamos en una vida
demiseria que envileció el carácter y encanalló el espíritu. Dígase lo quese quiera, esa nobleza es
la única felicidad de los ricos. Por ella,sólo por ella, los admira el mundo. Todo lo demás que en
ellos envidiala multitud es como la corona de oropel que ciñe la frente delcomediante. ¡Noble
dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo lasprendas más altas del corazón!
Observad a todos aquéllos que vivieron una niñez miserable; en cuyohogar faltó muchas veces
el pan; que no tuvieron ropas para cubrir eldemacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la
caridad pública, y nocomo el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en
unafrase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a lasúplica sonriente; de
la petición insinuante a la explotaciónvergonzosa, y de allí... a la tolerancia interesada, y veréis
cómo,aunque estén en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortunalos haya
indemnizado de cuanto en un tiempo les negó, aun tienen en lomás escondido del corazón el
vinagre y la hiel de la miseria. La pobrezadesesperanzada imprime carácter, y en su seno se crían
la soberbiahipócrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienenflexibilidades de víbora; la
ruindad intrigante, la maledicenciaponzoñosa, y la envidia exangüe que todo lo codicia y que
todo lo afea.
En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto elpensamiento, alto el
corazón: el estudiante que se afana porconquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que
gasta en eltrabajo los años mejores de la vida; el menestral que lucha porconseguir vida
independiente. El deseo de alcanzarla es la únicadisculpa que tiene la avaricia.
Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr suspropósitos; pero de él heredé
ese instinto de soberbia altivez con lacual rechacé en todo tiempo, de niño, de mozo, y de
hombre maduro, lahumillación indigna, la reprensión inmotivada, el atropello brutal dequien se
consideraba superior a mí. De mi madre heredé plácida dulzurapara la debilidad, sumisión
respetuosa para todo acto de justicia,tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y
ciertadelicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.
Entregado a estas meditaciones pasé una hora. Vino el sueño, y vinodulce y halagador, como
un amigo cariñoso que acude a nuestro llamadopara darnos consuelo, para reanimar el abatido
corazón; como una hermanacompasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra
frente,entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemosy necesitamos
descanso.
