de olvidar. Miras elporvenir triste y sombrío, y te dices: «¡No hay esperanza!» ¿Y quién
teasegura que esa obscuridad no se tornará mañana en espléndido día?Aunque crees que en la
vida no hay más que tinieblas, la idea de plácidocrepúsculo te hace sonreir, y cuando sueñas con
días mejores, ya nopiensas en tu Linilla, en la huérfana desventurada.... ¿A qué negarlo?¿No es
verdad que a solas, en la soledad de tu pensamiento, mirasluminosos días de incomparable
felicidad? Sí, y entonces... ¡no piensasen mí! Tienes razón. A qué pensar en la infeliz muchacha
a quien tantoamas, porque me amas, sí, me amas con toda tu alma... ¿A qué pensar enesta
huérfana que no puede satisfacer tus ambiciones, ni corresponder aese porvenir con que sueñas a
todas horas? Rorró: no olvides lo que tedigo hoy, en vísperas de separarme de tí: me olvidarás, y
acaso muypronto;—¡yo no te olvidaré!—Ya sé lo que vas a contestarme, ya lo sé;pero no lo
digas, óyelo de mis labios: «Pues si estás segura de que teolvidaré, ¿por qué no rompes ahora
mismo los lazos que nos unen?»
—¿Por qué? Porque tu amor es mi vida, y quiero vivir, quiero vivir,para amarte, para verte
dichoso. ¿Quieres que yo misma aumente mispenas? ¿Quieres que te olvide? ¡Si no puedo, si no
puedo!... Déjamevivir engañada; deja que tu Angelina se crea dichosa. Presiento eldesengaño, lo
veo venir. ¡Qué negro! Pero no quiero que llegue, y buscoen tus ojos luz de amor perenne, amor
que no acabe, amor que vivasiempre... Una cosa voy a pedirte.... No una, dos.
—¡Cuánto quieras, Linilla!
—Primero: que si un día me olvidas, procures guardar en lo más hondo detu corazón; allí
donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cariñopara mí, un poquito nada más... para que
cuando padezcas y llorespuedas decir pensando en mí: «¡Angelina, consuélame!»
—Otra...—me respondió, sonriendo con inmensa tristeza:—Esto....
Y poniendo su trémula mano en mi cabeza, alisó mis desordenadoscabellos, y mostrándome
unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja,como si temiese ser oída:
En vano charló el P. Herrera esa noche. Nos contó memorias de su vidaestudiantil; pero no
consiguió alegrarnos, y cuenta que el buen ancianotenía mucha gracia para conversar. Todos
estábamos tristes. El mismo, encierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llamó
aAngelina, y le dijo:
