conseguí arrancar de mialma en muchos años; que aun suele estremecer mi corazón, porque
niatrevidos devaneos, lograron aniquilarle en mí. Ahora todavía, despuésde tantos años, suspiro
a veces por la donairosa niña, objeto de miprimer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida
rival para cuantasme amado. Su nombre se me ha escapado de los labios,
involuntariamente,cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el último que salgade mi
boca a la hora de morir.
El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas yventuras, lisonjeando
nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, ydespertando risueñas esperanzas; ni ese otro
abrasador, apasionado, quenos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su
capricho,esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdeña, locos defelicidad si nos
favorece con una sonrisa. No; era purísimo ydesinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor
que sólo parecetraer desgracias, que sólo nace y vive para llorar, y que libre desensuales
impurezas es una eterna aspiración al cielo. Amaba yo aAngelina, la amaba con toda el alma, y
no por hermosa, sino por buena ydesgraciada. Creía yo que mi madre bendecía desde el cielo
aquellosamores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre sunítida corola al
borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada,allí donde no ha de tocarle la mano del
hombre. Amaba yo a Angelina, yquería yo ser digno de ella, para que la pobre huérfana
compartieraconmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en mí un amigo, unhermano, un
compañero de infortunios. Acaso algún día, andando eltiempo, se mudaría mi suerte, y me sería
dable ofrecerle cuanto elhombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.
Pero hasta allá no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegación,sacrificio; estos eran
los móviles de mi cariño, nobilísimos sin duda, yque no han vuelto a conmover mi corazón.
Después... he amado, he amadomuchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz
de tamañosheroismos.
¡Romanticismo! ¡Locura!—exclamarán muchos al leer estaspáginas.—¡Idealismo!—dirán los
desengañados, los hijos de estageneración egoísta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros
eranjóvenes, esos dirán que los mozos de entonces eran más felices que losde ahora; que aquella
juventud aparentemente melancólica, plañidera ysentimental, valía más por la pureza del
sentimiento y la hidalguía delcorazón, que ésta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y
enrealidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida yprematuramente codiciosa.
Le ví desde la ventana del despacho, a eso de las diez, jinete en unasoberbia mula de
magnífico andar. ¡Qué bien que se sostenía el ancianoen su caballería! De fijo que el P. Herrera
fué todo un charro allá ensus mocedades. ¡Vaya con el simpático viejecillo! Al verle con su
blusablanca que dejaba ver los pliegues de la recogida sotana, con elsombrero de jipi, el paño de
sol y el abierto paraguas, se me antojó eltipo más hermoso del cura de aldea. Pálido y expresivo
el rostro,naricilla aguileña y muy dulces los azules ojos, el buen sacerdote mecayó en gracia.
Seguíale, a guisa de caballerango, un muchacho trigueño,guapo y bien dispuesto, de pantalón
