A las ocho ya estábamos en la mesa. La enferma accedió a nuestro deseo yvino a presidir el
banquete. Al lado de ella se colocó don Román, en elotro tía Pepilla y Andrés. Angelina y yo
ocupamos el lugar acostumbrado.Pocos platillos: rica sopa de almendra, «sopa de la pelea
pasada», comodecía don. Román; un plato de pescado, el afamado «bobo» de los
ríosveracruzanos, con la ensalada del día: lechuga con aceite y vinagre yalgunos rabanillos, los
precoces purpurados de la hortaliza,chiquitines, rechonchos, enredándose en los anillos de la
biendesflemada cebolla; fríjoles, (cómo habían de faltar) buñuelos de arroz,los más exquisitos a
juicio de las tías, y una tacita de té. No faltó elvino, un par de botellas, obsequio del doctor
Sarmiento, escondidas doso tres años en el fondo de una cómoda.
Reiamos, charlamos, recordaron los viejos sus buenos tiempos, hablamoslos jóvenes de
nuestra dicha, y la velada se pasó del modo más alegre.
A las diez y media, cuando los campanarios de Villaverde soltaron elprimer repique,
encendimos el nacimiento, y los padrinos acostaron elniño en su lecho de pajas. Andrés quemó
en el patio una docena decohetes, y el pomposísimo distribuyó sus cucuruchos de confites.
—Ustedes perdonarán la cortedad... pero... ¡los tiempos no están paralujos!
—Dios pagará a ustedes este buen rato.... ¡De veras, de veras, si meparece que tengo veinte
años!
Angelina y tía Pepilla nos dejaron para atender a la anciana que yasuspiraba por su lecho; don
Román buscó el suyo, y Andrés se quedóconmigo en espera de Angelina y de mi tía que irían
con nosotros a lamisa del gallo. No tardaron en volver.
—¡Vámonos, vámonos,—murmuraba la anciana—que pronto darán las doce!¡A misa, niños!
¡A misa, Andrés!.... ¡Fiesta completa!
¡Inolvidable Noche Buena! ¡Qué poco necesita el hombre para ser feliz!
Por aquellos días recibió Angelina una carta del P. Herrera. En ella leanunciaba que pasadas
las fiestas de Navidad le tendría en Villaverde.
«Allá voy, muñeca;—le decía—es justo que después de los trabajos yfatigas del Adviento me
dé yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobrecura todavía tiene ganas de subir y bajar. Además,
¡me muero por ver a miLinilla! Buena falta me haces aquí. Francisca ya no sirve para nada;cada
día está más chocha, y todo se le va en gruñir y regañar. Ni yo meescapo. El otro día me echó
una loa que ni aquellas con que los inditoste hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La
pobre Franciscaestá más vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setentay cinco, y
ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si túestuvieras aguí sería otra cosa; ya sabes
cuánto te quiere; habría menosgruñidos y menos regaños; los altares tendrían manteles limpios,
