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Angelina (Novela Mexicana)

si regresáramos, por los collados de Bécquer, alreclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor
y la noche. Sonrimas nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas arias de Jiménez,que
sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con susdivinos suspirantes y la guitarra de
luto.
En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Porellos son abnegadas
víctimas del cruel amor e incomparables amantes. SonElviras y no han cesado de ser Julietas. Y
en ese coro de vivientespasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría dela
poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienenjuntas. La Angelina de este
libro está, silvestre y coronada, conMaría....
Como la historia de Isaacs, ésta también—según nos dice el autor en elprólogo—fué «más
vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechasy ciertos nombres, nos relata una
aventura propia. ¿Pueden acaso, lasajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el
prólogo deLos Parientes Ricos al que leyere, confiesa que «el autor está siempreen la obra» y
que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tanarduo y difícil que, a decir verdad, lo
tengo por sobrehumano eimposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de lasmocedades
americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros denuestro romanticismo tardío enseñan
todos la santidad de amar, la vitalnecesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los
idilios,la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labiosque cantan con
Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.
Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental deRafael Delgado. En 1881,
a los veintiocho años, leía estudios sobreambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez
Oropeza» de Orizaba.El protagonista de Angelina confiesa que sabe de memoria versos deJusto
Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejasde esa generación mexicana
de grandes clásicos. Con tal lectura semodera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su
generación pone el oído alos consejos de la escuela realista. Y la novela La Calandria
quepublicara Delgado en 1889, en la Revista Nacional de Letras yCiencias, es obra de
regionalista y costumbrista. Cuando años mástarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en
el plan de sus relatosno entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es
historia»,adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya enAmérica por
don Ricardo Palma.
Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en supesquisa de la
veracidad y el documento se apartan siempre, conaprensivo ademán, del estercolero de Job en
donde Zola prospera y sesolaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de
lunasde miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo unarecóndita y
efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma denoviembre.
Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento Amor deniño (publicado en un
tomo de relatos breves) en donde está encrisálida la novela Angelina. Es la encantadora y juvenil
locura de unchiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo endonde vive
una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es elprimer amor de este adolescente
que delira. El episodio recuerda, hastaen el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada
por el musgoque el futuro poeta de los lieder iba a besar, con una oscura congojade Werther
bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos losrománticos—se llamen Heine o Delgado—
irán después a más carnalesmusas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante
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