Amparo (Memorias de un Loco) by Manuel Fernández y González - HTML preview

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—Y en esos largos viajes...

—Sólo he encontrado motivo para hastiarme más.

—¡Siempre el mismo! ¡Siempre sin esperanza! exclamó de una maneraparticular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intención.

—Esto en mí es una enfermedad incurable, la dije: tratemos de ti... ytú... ¿qué esperas? ¿qué deseas?

—Yo... me contestó mirándome fijamente, pienso como pensaba hace seisaños.

—¡No recuerdo!

—Pienso buscar la paz y la felicidad en Dios.

—¡Ah! ¡vuelves a lo del convento!

—Sí.

—Pero es extraño... ¿No amas?

—No.

—Eso es imposible. Una joven como tú...

—Una joven como yo... que no se pertenece; que sólo puede dar a unhombre inconvenientes; que no tiene apellido para sus hijos, no se casay una mujer como yo cuando no piensa casarse no ama.

—El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.

—Sí, sí; concedido: comprendo que se ama porque se ama.

Pero he tenidola suerte de no enamorarme.

—De seguro no habrá faltado...

—¿Y qué importa? yo me he guardado muy bien de amar.

—Pero... lo que yo quería está ya conseguido: eres toda una dama...

—Sí, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los días adar lecciones de lenguas.

—Pero y bien... este siglo no mira más que las apariencias: acepta undote cuantioso; cierra el colegio...

—¡Ah! ¡Es que quiere usted comprarme un marido!

La contestación de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegrerisa y con gran ligereza, tenía un fondo de dolor y de dignidad ofendidaque no podían desconocerse.

—No hablemos más de eso; la dije: harás lo que quieras, todo menos sermonja. Hablemos de otra cosa. ¿Qué se ha hecho de doña Gregoria?

—Ha muerto hace dos años, me contestó tristemente.

—¡Ah! ¡Pobre mujer!

—No por cierto; murió con la resignación de una cristiana entre misbrazos.

—¿Y su marido?

—Está empleado en provincias.

—¿Y el padre Ambrosio?

—Sigue viviendo en su casa de vecindad.

—¿Y tú?... ¿cómo estás al frente del colegio?

—Antes de que muriera doña Gregoria lo estaba ya. Había sufrido unexamen, y al morir doña Gregoria, era necesario cerrar elestablecimiento o encargarme yo de él... Entonces, el bueno de D. Tomásse convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos años nada ledebo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeñocapital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voyal claustro...

decididamente... me voy a buscar la paz.

—Es que yo no quiero.

—¿Y qué quiere usted que haga? ¿Cuál es su voluntad de usted? ¿Quiereusted que me case? Me casaré. Pero me casaré con un pobre.

—No, no es eso...

—Pues el convento...

—El colegio...

—Una soltera sola no está bien en el mundo.

—¿Y te casarías sólo por darme gusto?

—No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento memandan obedecer a usted: si así no fuera, hace mucho tiempo que habríatomado un partido cualquiera.

Pero no quise tomarle sin conocimiento deusted. Y como no sabía donde usted se encontraba... como durante seisaños no ha escrito usted una sola carta...

—¿Y para qué?

—¿Para qué? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubieseestado tranquila.

—¡Ah! El no saber de mí...

—Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte deusted. Le amo a usted como amaría a mis padres... y mire usted...

Y Amparo se levantó y abrió la puerta de un gabinete.

—Allí no entra nadie más que yo, dijo.

—¿Y aquella luz? la pregunté señalando una que ardía delante de unaVirgen de los Dolores pintada al óleo.

—Esa luz arde delante de la Virgen desde el día en que usted salió deMadrid.

Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lágrimas.

No sé si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momentosonó una campana.

—Adiós—me dijo tendiéndome una mano—es la hora de comer y mis niñasme esperan. Vuelva usted.

Salí enamorado y desesperado.

Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazón, a mi voluptuosidad, a mirazón; desesperado porque nada había visto en Amparo más que unaardiente expresión de agradecimiento.

Amparo parecía enamorada de unimposible. Yo por mi parte había tenido bastante sangre fría para nohacerla sospechar el verdadero interés que me inspiraba.

Volví a mi casa preocupado, dominado por el efecto que había causado enmí la vista de Amparo.

Pretendí formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba:al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisatriste, amarga en medio de su resignación, sus encantos uno por uno, ydespués el magnífico conjunto de aquellos detalles admirables: el no séqué misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de susonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su almaexhalada siempre en una manifestación sentida, dulce, extremadamentesimpática, mi corazón me decía inflamado de un ardor desconocido paramí:

—Necesito que sea mía, enteramente mía.

Y al expresar mi corazón la devorante necesidad de poseerla, mi razón megritaba severa:

—Es necesario que sea tu esposa.

De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedohaceros comprender de qué manera la deseaba, de qué manera la amaba.

La deseaba como jamás había ansiado otra mujer. Parecíame que lasmujeres con las cuales había estragado mi corazón y mis sentidos eran deotra especie que Amparo: me parecía que Amparo era la mujer... ella solala mujer: esa mitad preciosa de la vida del hombre; la compensación desu fatiga, la alegría de sus pesares, el aliento de su corazón, la mitaddel cuerpo y del alma de nuestro hijo, de ese dulce punto de unión dondevan a confundirse en una dos existencias; la mujer con la cual nosidentificamos, que siente con nosotros como nosotros sentimos con ella;que sufre cuando sufrimos; que goza cuando gozamos; que se muestraorgullosa por pertenecernos, y fuerte por nuestra fuerza; que asida denuestro brazo se encamina tranquila a la tumba, y muere contenta y felizsi en su lecho de muerte se ve rodeada del amor de una familia en lacual se mira multiplicada, joven, fuerte, hermosa como en los días de sujuventud.

Yo al desear a Amparo, deseaba la familia... yo quería rodearme de esostestimonios de la inmortalidad humana que se llaman hijos. (Porque yoentonces, vuelvo a repetirlo, era impío y no podía referirme a lainmortalidad sino refiriéndome a la maldad.) Yo necesitaba, en fin, lapiedra del hogar, consagrado por el amor y por la virtud.

La amaba... voy a procurar deciros las manifestaciones íntimas del amorque me inspiraba Amparo.

Era un amor, ni todo espíritu, ni todo materia. Era un amor humano: elamor del hombre hacia la mujer: una atracción incontrastable mearrastraba en mi pensamiento a confundirme con

ella:

parecíame

sentirlaengrandeciendo

mi

ser,

absorbiéndose enteramente su cuerpo y su alma,respirando en su aliento, latiendo en su corazón, viviendo en su vida...¡Oh! El lenguaje humano es miserable... no tiene palabras para elsentimiento, es impotente para traducir el alma. Yo la amaba como a mímismo, más que a mí mismo: la amaba hacía mucho tiempo: para conocer quela amaba necesité verla en el esplendor de su hermosura, en el lujo desu transformación, y entonces comprendí que yo no estaba hastiado sinosediento; que en mí no había muerto nada; que mi vida había pasado entreun marasmo fatigoso producido por el lodo del mundo en que hastaentonces me había revolcado.

Aquella transición de la trapera a la dama, de la niña a la mujer,transición para mí violenta puesto que alejado de ella durante seis añosno había podido asistir a la elaboración lenta, gradual, lógica deaquella transformación; fue para mí...

Suponed por un momento que el sol no existe: que sólo os alumbra una luzartificial: que habéis recorrido el mundo armado de una linterna,tropezando aquí, cayendo allá, buscando no sé qué quimera de vuestropensamiento; que habéis aplicado la luz de vuestra linterna al semblantede todo el que habéis encontrado, y habéis visto un rostro repugnantedel cual habéis apartado

los

ojos

con

hastío;

que

habéis

seguido

siempreadelante buscando vuestro fantasma y os habéis cansado al fin; habéisarrojado la linterna y os habéis quedado a oscuras, exclamando:

—El mundo es la horrible verdad de lo monstruoso, de lo deforme: lavida una carga insoportable; el hombre nuestro hermano no existe; lamujer nuestra ayuda es sueño. El que tiene vida en ese mundo dehorribles verdades muere; no hay Dios: no hay humanidad. El mundo eshijo del acaso: el hombre es un reptil como otro cualquiera.

Y suponed que cuando acabéis de pronunciar esa blasfemia aparece derepente el sol en una explosión de luz y de armonía: que lleváis unamano a vuestros ojos que se deslumbran, y otra sobre vuestro corazón quese enternece lleno de una nueva vida, y que cuando volveis a abrir losojos os encontráis de nuevo en las tinieblas, enardecido por el próximoy candente recuerdo de la luz divina que os ha deslumbrado, de laarmonía de los cielos que ha reanimado vuestro ser... y después de habersupuesto esto suponed vuestra desesperación, vuestro dolor.

Dios existe: existe la luz; pero Dios está irritado contra vos, no hahecho la luz para que brille en vuestros ojos; no ha hecho la armoníapara que deleite vuestros oídos: sois un ser condenado: Dios es un servengativo.

Yo había buscado en el mundo sin encontrarle el amor tal cual yo lecomprendía... le había buscado en vano y me había dicho:

—Nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soñados por nuestrodeseo.

Dios no puede haber dado a su hechura aspiraciones imposibles.

Si no ha podido dárselas y las tiene no existe Dios.

O Dios es el acaso.

Amparo fue para mí el sol de la vida: la mujer que salía del edén y seponía delante de mí... la prueba material de que Dios ha dado a cadaaspiración del hombre una realización.

Amparo realizaba mis sueños: era la mujer que yo había buscado en vano,la mujer que hablaba a mi corazón y a mis sentidos; pero... Amparo no meamaba: si me hubiera amado yo lo hubiera comprendido; Amparo meconsideraba como su protector, como su padre: Amparo se resignaba acumplir mi voluntad hasta el punto de casarse con el hombre que yo ladesignase... y Amparo amaba... Amparo sufría... sus ojos, mi alma habíanapurado su sufrimiento... Amparo no era mía...

había visto por unmomento mi fantasma y me le arrebataba Dios.

Dios castigaba mi impiedad.

. . . . . . . . . . . . . .

Pasaron algunos días sin que yo fuese a ver a Amparo.

Tenía miedo de verla.

Temía echar a perder inútilmente mi papel de protector, de padre,dejándome arrebatar a una situación ridícula en un momento de olvido.

En estos días mi administrador general se empeñó en darme cuentas, y mevi obligado a ceder, para que tuviese ocasión de convencerme de que erahombre de bien.

Pasé por alto una multitud de partidas; pero no pude menos de reparar enuna data.

Estaba figurada en estos términos:

«A doña Amparo, por encargo especial del señor, cuatro mil reales.»

—¡Cuatro mil reales!—dije con extrañeza—ese no será el total de ladata.

—Sí, sí por cierto, señor, doña Amparo no ha recibido más.

—¿Y en qué consiste? ¿No mandé a usted que entregase todos los mesesmil reales a doña Gregoria?

—Sí, sí, señor, pero doña Gregoria me dijo al cuarto mes que no recibíamás... por aquel año... que a la señorita la bastaba para un año aquellacantidad y...

—Usted debió insistir.

—Insistí... pero yo no podía obligar a doña Gregoria...

—Y al año siguiente...

—Fui el primero de enero con cuatro mil reales...

—Pero no constan.

—Es que doña Gregoria no los quiso recibir.

—Es usted un torpe.

—Yo puedo sacar a un deudor la cerilla de los oídos y se la saco, si noencuentro otro medio de cobrar, para lo cual soy muy listo; pero no seme ocurre que haya en lo humano un medio para hacer tomar dinero a unapersona que no quiere tomarlo; lo cual afortunadamente es muy raro.

—Pero ¿qué razones dio a usted doña Gregoria?

—Con las palabras más dulces del mundo, deshaciéndose en elogios y enpalabras de agradecimiento hacia usted, me dijo que la señorita Amparo,ayudándola en el cuidado de las niñas del colegio, ganaba lo bastantepara sus necesidades.

No supe qué contestar. Amparo volvía a hacerse superior a mí.

Mi administrador continuó impasible relatándome sus cuentas.

Al fin en las de dos años antes, leyó lo siguiente:

—Cargo: recibido de doña Amparo, cuatro mil reales.

No pude contenerme: mi irritación estalló; mi administrador es unasesino: apuré con él la suma de los dicterios conocidos y por conocer yle destituí.

Amparo se engrandecía a mis ojos.

No puedo decir que me humillaba su dignidad, porque la amaba de tal modoque su dignidad era la dignidad mía; pero la posición en que ella sehabía colocado respecto a mí me desesperaba.

¿Con que lo que únicamente había hecho por ella había sido darla lamano, ayudarla a salir de la precaria situación en que se encontraba?¿Con que sólo me debía agradecimiento? ¿Con que el mayor trabajo de laobra de su transformación había sido suyo?

El dinero es la piedra de toque del corazón humano.

Amparo había arrancado de en medio de entre nosotros dos el dinero.

Amparo se había colocado delante de mí a una inmensa altura.

Elevándose, elevó ante mis ojos a la mujer, a la humanidad, y me obligóa confesar que existía la virtud sobre la tierra.

Y mi corazón y mi cabeza me decían:

—La amas, necesitas su amor para vivir.

Y mi desesperación me decía:

—Amparo no te ama.

Entonces blasfemaba yo.

—¡No hay Dios, decía!

. . . . . . . . . . . . . .

Fui a verla.

Habían pasado ocho días desde mi visita de vuelta de viaje.

Tiré con fuerza de la campanilla y me hice anunciar.

Amparo salió hasta el recibimiento y me tendió la mano con la mayornaturalidad.

—Otra vez no pida usted que le anuncien,—me dijo sonriendo.

Y me llevó a la sala asido de la mano.

El contacto de aquella preciosa mano, que estrechaba dulcemente la míacon una noble confianza, como se estrecha la mano de un protector aquien se ama, me causaba una impresión que en vano querría explicar:parecíame que aquella mano me transmitía otra vida más pura, más fácil;me embriagaba en un goce lánguido y tranquilo...

Indudablemente yo estaba enamorado de remate y divinizaba todo lo quepertenecía a Amparo; todo lo que emanaba de ella.

Pero yo iba preparado, y tuve bastante fuerza de voluntad para nomostrarme ni más ni menos interesado por ella que como lo estaba seisaños antes.

Ella estaba perfectamente tranquila, alegre, confiada y retenía mi manoen la suya, no como la retiene un amante, sino como retiene una hija lamano de su padre, de quien ha estado separada muchos años.

La contemplé durante algún tiempo sin perder ni un instante el cuidadode mí mismo, temiendo que una mirada, un accidente cualquiera la hicieseconocer el verdadero interés que me inspiraba.

Yo era entonces un cómico que representaba dolorosamente su papel.

—Me alegro—la dije al fin.

—¿Y de qué se alegra usted?—me contestó mirándome con gravedad.

—Me parece que eres feliz.

—¡Oh! sí; completamente feliz—me contestó—ya lo creo: al cabo letenemos a usted.

—¡Le tenemos!—exclamé con extrañeza.

—Sí, sí por cierto, el padre Ambrosio y yo. Y aun el mismo Mustafá,mírele usted echado entre nosotros y mirándole de hito en hito. A pesarde que es ya viejo no se ha olvidado de usted; no es usted para él unapersona desconocida... ¿Ha ido a verle a usted el padre Ambrosio?

—No por cierto, y me hubiera alegrado mucho de verle.

—No se habrá atrevido... es tan tímido.

—Yo iré a verle cuando salga de aquí; pero es necesario que me digasdonde vive.

Amparo se levantó y escribió las señas que me entregó.

Tenía un precioso carácter español.

—Escribes muy bien—la dije.

—Es mi obligación. ¿Se olvida usted de que soy maestra de escuela?

—Quisiera verte entre las niñas.

—Eso no puede ser. Pero figúrese usted que me ve: toda una madre defamilia: me pongo muy seria, riño mucho, las castigo con tratarlassecamente, y las premio con un beso.

—¡Ah! ¡Ah!

—Y paso buenamente la vida: no sé si es soberbia, pero se me figura,creo que el magisterio cuando se ejerce sobre niños es un sacerdocioque impone sagrados deberes; ¡y es tan dulce el cumplimiento del deber!Y cuando un ser cuya razón empieza a desarrollarse bajo nuestrainfluencia es una niña, todo cuidado es poco, porque de la niña se hacela mujer, la madre de familia, y la madre de familia, mal que les pese alos que niegan toda participación a la mujer en el desarrollo social, esla que siembra el fruto que ha de coger la sociedad: formad buenasmadres de familia, y habréis formado una generación llena de virtud, deentusiasmo, de valor, de abnegación, de amor patrio, de virilidad, degrandeza: los hijos son la madre: si la madre es buena, el hijo esbueno; pero si la madre ha dado a sus hijos el pernicioso ejemplo de lasdiscordias domésticas, la falta de sufrimiento y de abnegación, elescándalo continuo, el repugnante espectáculo de preferencias odiosasrespecto a este o al otro de sus hijos; si esos jóvenes corazones no hantenido ningún buen ejemplo que imitar; si sólo han debido a su madre unamor indiscreto y caprichoso, caricias exageradas, castigos inmotivados,se pervierten, se desnaturalizan embotando o perdiendo todos sus buenosinstintos y constituyendo un ser artificial formado por una malaeducación. ¡Oh! ¡Las madres!

¡Las madres!

Y Amparo inclinó la cabeza profundamente pensativa.

Como ven mis lectores, nuestra conversación no podía ir más apartada delpunto a que mi amor hacia Amparo hubiera querido llevarla.

Este alejamiento de nuestra conversación de mi idea fija, me favorecíaayudándome a mantenerme firme.

Durante dos horas, Amparo, haciendo casi sola la conversación, me dejóconocer cuánto valía su moral: vinimos al fin a recaer en mis viajes; mepreguntó acerca de las civilizaciones extranjeras, y sin haber habladoni una sola palabra de su pasado ni de sus proyectos, me despedí deella.

Fui a ver al padre Ambrosio algunos días después.

Cuando entré en la casa de vecindad, al primero a quien pregunté meindicó la puerta del aposento del exclaustrado.

Al asomar a ella, di un paso atrás.

Le había sorprendido... mondando patatas.

Pero ya era tarde.

El padre Ambrosio me vio, se levantó, dejó sobre una pequeña mesa elplato donde tenía las patatas mondadas, y me salió alegremente alencuentro; con timidez sí; pero no con una timidez de vergüenza, sinocon su timidez característica.

—¡Ah!—exclamó—usted por aquí, cuanto me alegro. Yo debiera haber idoa verle a usted.

—¡Oh! de ningún modo.

—Sí, sí, pero no me he atrevido.

—Ha hecho usted muy mal en no... atreverse.

—Dejemos, pues, estos cumplimientos: yo me alegro mucho de verle austed: ¿y cómo le va a usted...? Siéntese usted aquí en el sillón...,póngase usted el sombrero..., así...: ¿y qué me dice usted de nuestrahija? añadió sentándose en una vieja arca: es un prodigio...; a mí haacabado por hacerme feliz, me ha regenerado... ¡qué niña, Dios mío, quéniña! Ya puedo morir tranquilo, porque Amparo no necesita ya de nadie,de nadie más que de Dios.

—¡Me pregunta usted qué pienso de Amparo! contesté: con usted puedo serfranco: pienso lo que piensa un hombre de una mujer que realiza todossus sueños, todos sus deseos, todas sus aspiraciones: de la mujer aquien ama.

—¡Ama usted a Amparo! exclamó el padre Ambrosio poniéndose mortalmentepálido.

—Sí; la amo con toda mi alma.

—¿Y se lo ha dicho usted?

—No, ni se lo diré nunca.

Se tranquilizó el padre Ambrosio.

—Yo había previsto desde hace mucho tiempo, me dijo, que usted acabaríapor amarla, y me halagaba la esperanza de que mutuamente se haríanustedes felices. El amor en usted le vi yo nacer hace seis años y...pero a que soñar... Amparo no sería feliz con usted.

—¿Ama acaso a otro?

—Yo creo que sí.

—Yo también lo he creído.

—Sufre... Algunas veces la he sorprendido llorando, y he comprendido lacausa de sus lágrimas: he comprendido que estaba enamorada. Un día lasorprendí mirando un retrato.

—¡Un retrato! ¿pero de quién?

—No lo sé. Al verme se puso vivamente encarnada, se volvió y ocultó elretrato en el pecho. Yo nada la pregunté, nada la dije; Amparo, con lafuerza de voluntad que Dios la ha dado, se serenó, y nada me dijo delretrato, ni de mi sorpresa involuntaria; dejé pasar algunos días, y a laprimera confesión la dije:

—Tú sufres, Amparo.

—Tengo el alma triste, me contestó.

—¿Tienes triste el alma porque amas?

—Yo... No señor... No amo a nadie: yo no puedo amar: yo no daría a mishijos una madre sin nombre.

—Sé franca conmigo, repuse: ¿amas acaso a tu protector?

—¡Que si le amo...! Ya se ve que le amo, me contestó con la mayornaturalidad: acaso ¿no es mi padre?

—No, no me refiero yo a ese amor, sino a otro más íntimo: el amor quetiene una mujer al hombre de quien desearía ser esposa.

—No, no le amo así, ni le podría amar nunca de ese modo; me loimpediría el respeto que me inspira.

—Pues, si no amas a tu protector, ¿a quién amas?

—A nadie.

—¿Y el retrato que ocultaste al verme el otro día?

—¡Ah! ¡el retrato de mi madre!

—El retrato de su madre, exclamé interrumpiendo al religioso; pues qué,¿ha encontrado Amparo a su madre? ¿Habrá alguna razón que la impida...?

—Lo mismo la pregunté; pero ella me contestó: es el retrato fantásticode mi buena madre, con quien sueño todas las noches; en quien piensotodos los días; un rostro que yo he dibujado recordando mis sueños...Mañana le verá usted.

No supe qué contestar.

La hacía llorar la vista de la reproducción material de un fantasma.

En efecto, al día siguiente me mostró una bellísima cabeza de mujer comode cuarenta años, y había allí algo... en el semblante triste de aquelfantasma estaba el alma de Amparo.

Calló el religioso, y yo quedé profundamente pensativo.

Me había dado a conocer un nuevo rasgo del carácter romancesco deAmparo.

—Pues bien, si ella no puede amarme, le dije, continuaré comprimiendodentro de mi corazón el amor que me inspira: procuraré que no salgadelante de ella ni en mis palabras, ni en mi mirada, ni en mi semblantela más leve manifestación de ese amor. Si no puedo vencerle, volveré amis viajes.

—Mucho me temo que no sea ella la primera en apartarse de nosotros.

—¡Cómo!

—Ella ama: estoy seguro de ello: y ama con toda la vehemencia, con todala firmeza de su alma: una de dos, o la persona a quien ama no repara enella, o no pertenece a esta vida.

Amparo... acaba de decírmelo hoy porla mañana, está resuelta a meterse en un convento, y me ha mandadopracticar las primeras diligencias.

—¡Oh! No, de ningún modo, exclamé. ¡Monja! ¡Monja Amparo! No puede ser.

—Ya es tarde, me dijo: es necesario decir a usted toda la verdad. Iba adecírsela a usted; pero al revelarme usted que la amaba... temblé...callé, no me atreví...; pero... en quince días que han pasado desde quela vio usted por última vez, Amparo ha entrado en un convento, y dentrode tres días más debe tomar el hábito de novicia. Esta mañana me dioesta carta para usted.

¿Comprende usted ahora por qué no me atrevía a ira su casa?

Yo estaba aterrado, y apenas pude leer una carta que me dio el padreAmbrosio, y que contenía estas palabras:

«Convento de.... Perdone usted si por mí misma he tomado tan graveresolución. Yo no podía permanecer más en el mundo, y usted se oponeformalmente a que yo entre en el claustro.

Perdóneme usted otra vez.Pero mi corazón necesita paz y he venido a buscarla a esta santacasa.—Su siempre agradecida.

Amparo.»

Sin despedirme del padre Ambrosio salí comprimiéndome las sienes con lasmanos.

Mi cabeza se rompía.

Aquella carta había sido para mí un golpe de muerte, y apenas pude salira la calle.

No sé lo que me sucedió: sólo recuerdo que al volver en mí me encontréen un lecho extraño rodeado de una familia desconocida, y con un médicoa la cabecera.

Mi indisposición había sido un accidente pasajero.

Muy pronto, a consecuencia de los auxilios que se me prodigaron, volvíal uso de mis facultades.

Me encontré en la trastienda de una barbería.

Una buena mujer me aplicaba a las narices un paño mojado con vinagre.

Su marido, lanceta en mano, estaba a punto de sangrarme.

Impedí que lo hiciese, y les rogué que me procurasen un carruaje.

Aquella buena gente me sirvió de la manera más solícita, y se negó detodo punto a recibir la gratificación que yo les ofrecía.