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antes de simbolizar el carácter enuna flor; como si no supiese yo quién es aquella rosa roja,
altiva, consombras negras, que se levanta por sobre todas las demás en su tallo sinhojas, y
aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese ahacerse pájaro y a tender a él las alas, y
aquel aguinaldo lindo quetrepa humildemente, como un niño castigado, por el tallo de la
rosaroja. ¡Malos! ¡escopeta cargada de colores!
—Ana: yo sí que te recogería a ti, con tu raíz, como una flor, y enaquel gran vaso indio que
hay en mi mesa de escribir, te tendríaperpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma.
—Juan—dijo Lucía, como a la vez conteniéndose y levantándose—: ¿quieresvenir a oír el
«M'odi tu» que me trajiste el sábado? ¡No lo has oídotodavía!
—¡Ah! y a propósito, no saben ustedes—dijo Pedro como poniéndose ya enpie para
despedirse—, que la cabeza ideal que ha publicado en su últimonúmero La Revista de Artes....
—¿Qué cabeza?—preguntó Lucía—¿una que parece de una virgen de Rafael,pero con ojos
americanos, con un talle que parece el cáliz de un lirio?
—Esa misma, Lucía: pues no es una cabeza ideal, sino la de una niña queva a salir la semana
que viene del colegio, y dicen que es un pasmo dehermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.
Se puso en pie Lucía con un movimiento que pareció un salto; y Juan alzódel suelo, para
devolvérselo, el pañuelo, roto.
Como veinte años antes de la historia que vamos narrando, llegaron a laciudad donde sucedió,
un caballero de mediana edad y su esposa, nacidosambos en España, de donde, en fuerza de
cierta indómita condición delhonrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las
gentes delpoder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidió al finsalir el señor don
Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento suhumilde mesa de abogado de provincia,
cuanto porque siempre tenía, pormoverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman allá al
policía,encima; y porque, a consecuencia de querer la libertad limpia y parabuenos fines, se
quedó con tan pocos amigos entre los mismos queparecían defenderla, y lo miraban como a un
celador enojoso, que estomás le ayudó a determinar, de un golpe de cabeza, venir a
«lasRepúblicas de América», imaginando, que donde no había reina liviana, nohabría gente
oprimida, ni aquella trabilla de cortesanos perezosos yaduladores, que a don Manuel le parecían
vergüenza rematada de suespecie, y, por ser hombre él, como un pecado propio.
Era de no acabar de oírle, y tenerle que rogar que se calmase, cuandocon aquel lenguaje
pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buenacerrazón de truenos y relámpagos y unas
amenazas grandes como torres,los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando
ligerezasajenas querían hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o talhistoria de un
capitán de guardias, que pareció bien en la corte con suruda belleza de montañés y su cabello
abundante y alborotado, y apenasentrevió su buena fortuna tomó prestados unos dineros, con
 

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