digno de ser libre... ¿Y se perderáentre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan
meritísima yejemplar? ¿Será tanta nuestra pequeñez, que ocupados en buscar lacomodidad y el
gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puedecaer la casa de todos, la obra santa que
él coronó a costa de su sangre?¿Será todo chiste, ira, medro? Inspirémonos en él, y depongamos
nuestrosagravios y nuestras inquinas: amémonos los unos a los otros, y clavemosen lo más firme
y alto de nuestra tierra la bandera de nuestranacionalidad. Y vigilemos para que de su triángulo
rojo no se salgajamás la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar subrillo,
entonces más sola que nunca, entre el montón de estrellas delpabellón americano....
Hasta aquí de su vida; de su obra hablaré en otra ocasión.
Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el niño aquel que en la emigración tesiguió febril,
enamorado de tu bondad y tu talento, el niño aquel quepor serlo, no te acompañó en la hora de tu
muerte, se ha hecho hombre yte es fiel, y de las semillas de amor que tú le dejaste caer en
elpecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza,como un faro lo guía,
como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vidahumana no es toda la vida, si es verdad que
después de ella hay otraexistencia superior, ordena, que él no quiere para sí mayor gloria quela
de obedecer a tu mandato. Él no se cansa de predicar tus doctrinas nide continuar, a la medida de
sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y dereparación universal. Tus libros, que ahora mismo
Gonzalo de Quesada, tubuen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y
todaslas noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, ymurmura agitado
como por un temblor de héroe: Maestro ¡gloria a ti!Padre, bendito seas....
Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manosdemasiado académicas,
cubría aquel domingo por la mañana con su sombra alos familiares de la casa de Lucía Jerez. Las
grandes flores blancas dela magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas
ypuntiagudas, no parecían, bajo aquel cielo claro y en el patio deaquella casa amable, las flores
del árbol, sino las del día, ¡esasflores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama
mucho! Elalma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco seoscurece,
la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas lasvirtudes, la posesión de las mejores
cualidades, la arrogancia de losmás nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un
soloextravío.


