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Amistad Funesta -Novela

De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiestaalcanzó
inesperadamente, a influjo de aquella niña ayer desconocida, unaelevación y entusiasmo que ni
los mismos que contribuyeron a ellovolverían a alcanzar jamás. Tal como suelen los astros
juntarse en elcielo, ¡ay! para chocar y deshacerse casi siempre, así, con no mejordestino, suelen
encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, elgenio, y ese otro genio, la hermosura.
De fama singular había venido precedido a la ciudad el pianista húngaroKeleffy. Rico de
nacimiento, y enriquecido aun más por su arte, noviajaba, como otros, en busca de fortuna.
Viajaba porque estaba lleno deáguilas, que le comían el cuerpo, y querían espacio ancho, y se
ahogabanen la prisión de la ciudad. Viajaba porque casó con una mujer a quiencreyó amar, y la
halló luego como una copa sorda, en que las armonías desu alma no encontraban eco, de lo que
le vino postración tan grande queni fuerzas tenía aquel músico-atleta, para mover las manos
sobre elpiano: hasta que lo tomó un amigo leal del brazo, y le dijo «Cúrate», ylo llevó a un
bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas músicas se leentraron por el alma medio muerta, se
quedaron en ella, sentadas y conla cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron
al finde nuevo al mundo en unas fantasías arrebatadas que en el barco que lollevaba por los
mares improvisaba Keleffy, las que eran tales, que si secerraban los ojos cuando se las oía,
parecía que se levantaban por elaire, agrandándose conforme subían, unas estrellas muy radiosas,
sobreun cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en lasnubes de colores
ligeros iban dibujándose unas como guirnaldas de floressilvestres, de un azul muy puro, de que
colgaban unos cestos de luz:¿qué es la música sino la compañera y guía del espíritu en su viaje
porlos espacios? Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacíanver las fantasías que en
el mar improvisaba Keleffy: otros hay, que noven, por lo que niegan muy orondos que lo que
ellos no han visto, otroslo vean. Es seguro que un topo no ha podido jamás concebir un águila.
Keleffy viajaba por América, porque le habían dicho que en nuestro cielodel Sur lucen los
astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo,y porque le hablaban de unas flores
nuestras, grandes como cabeza demujer y blancas como la leche, que crecen en los países del
Atlántico, yde unas anchas hojas que se crían en nuestra costa exuberante, yarrancan de la madre
tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella,como los brazos de una divinidad vestida de
esmeraldas, que llamasen,perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los
misterios ylas diosas.
Y aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo niaceptarlo, puesto que estaba
ligado a una mujer a quien no amaba; aqueldolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir
del pecho, y letenía la fantasía como apretada por serpientes, lo que daba a todo sumúsica un aire
de combate y tortura que solía privarla del equilibrio yproporción armoniosa que las obras
durables de arte necesitan; aqueldolor, en un espíritu hermoso que, en la especie de peste
amatoria queestá enllagando el mundo en los pueblos antiguos, había salvado, comouna paloma
herida, un apego ardentísimo a lo casto; aquel dolor, que aveces con las manos crispadas se
buscaba el triste músico por sobre elcorazón, como para arrancárselo de raíz, aunque se tuviera
que arrancarel corazón con él; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le hacíaparecer a las
veces extravagante y huraño, y aunque por la suavidad desu mirada y el ardor de su discurso se
atrajese desde el primerinstante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le
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