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Amistad Funesta -Novela

queenrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestirde paño bueno, y en lo del
calzador comprarse unos botitos, con queestar galán en la hora en que debía ir a palacio, donde
al volver elcapitán con estas donosuras, pareció tan feo y presumido que en pocoestuvo que
perdiese algo más que la capitanía. Y de unas jiras, ofiestas de campo, hablaba de tal manera don
Manuel, así como de ciertascenas en la fonda de un francés, que cuando contaba de ellas no
podíaestar sentado; y daba con el puño sobre la mesa que le andaba cerca,como para acentuar las
palabras, y arreciaban los truenos, y abríacuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se
desfiguraba el buencaballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberledado
riendas en tierra que al fin no era la suya, venía siempre a pararen que don Manuel tocase en la
guitarra que se había traído cuando elviaje, con una ternura que solía humedecer los ojos suyos y
los ajenos,unas serenatas de su propia música, que más que de la rondalla aragonesaque le servía
como de arranque y ritornello, tenía de desesperadacanción de amores de un trovador muerto de
ellos por la dama de un durocastellano, en un castillo, allá tras de los mares, que el trovador
nohabía de ver jamás.
En esos días la linda doña Andrea, cuyas largas trenzas de color castañoeran la envidia de
cuantas se las conocían, extremaba unas pocashabilidades de cocina, que se trajo de España,
adivinando quecomplacería con ellas más tarde a su marido. Y cuando en el cuarto delos libros,
que en verdad era la sala de la casa, centelleaba donManuel, sacudiéndose más que echándose
sobre uno y otro hombroalternativamente los cabos de la capa que so pretexto de frío se
quitabararas veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, consu cuerpo elegante
y modesto, la buena señora doña Andrea, poniendo manoen un pisto manchego, o aderezando
unas farinetas de Salamanca que aescondidas había pedido a sus parientes en España, o
preparando, con másvoluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababande
calmar las iras del republicano, jamás dijo mal don Manuel del Valle,aun cuando en sus adentros
reconociese que algo se había quemado allí, osufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz,
o entrambos. ¡Fuerade la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedrasnegras parece
que sale luz de astro!
Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos quefueran sus apuros,
puso su inteligencia y saber, ni excesivos niescasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes
como andan por elmundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las gentes detalento
menesterosas, con tal que éstas se presten a ayudar con sushabilidades el éxito de las tramas con
que aquellos promueven ysustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, está hoy
viviendola gente con tantas mañas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado.
En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el país, escribió elseñor Valle con mano
ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta,sus azotainas contra las monarquías y vilezas
que engendra, y sushimnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, deque «los
campos nuevos y los altos montes y los anchos ríos de estalinda América, parecen natural
sustento».
Mas a poco de esto, hacía veinticinco años a la fecha de nuestrahistoria tales cosas iba viendo
nuestro señor don Manuel que volvió atomar la capa, que por inútil había colgado en el rincón
más hondo delarmario, y cada día se fue callando más, y escribiendo menos, yarrebujándose
mejor en ella, hasta que guardó las plumas, y muy apegadoya a la clemente temperatura del país
y al dulce trato de sus hijos parapensar en abandonarlo, determinó abrir escuela; si bien no
introdujo enel arte de enseñar, por no ser aun este muy sabido tampoco en España,novedad
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