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Amistad Funesta -Novela

de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, mequedan luego en la tela tan
contrahechas y duras que creo que misvisiones me van a castigar, y me regañan, y toman mis
pinceles de lacaja, y a mí de una oreja, y me llevan delante del cuadro para que veacómo borran
coléricas la mala pintura que hice de ellas. Y luego, ¿quéhe de saber yo, sin más dibujo que el
que me enseñó el señor Mazuchellí,ni más colores que estos tan pálidos que saco de mí misma?
Seguía Lucía con ojos inquietos la fisonomía de Juan, profundamenteinteresado en lo que, en
uno de esos momentos de explicación de símismos que gustan de tener los que llevan algo en sí
y se sienten morir,iba diciendo Ana. ¡Qué Juan aquel, que la tenía al lado, y pensaba enotra cosa!
Ana, sí, Ana era muy buena; pero ¿qué derecho tenía Juan aolvidarse tanto de Lucía, y estando a
su lado, poner tanta atención enlas rarezas de Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella debía ser
suúnico pensamiento. Y apretaba sus labios; se le encendían de pronto,como de un vuelco de la
sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente enel dedo índice de la mano izquierda un finísimo
pañuelo de batista yencaje. Y lo enrolló tanto y tanto, y lo desenrollaba con tal violencia,que
yendo rápidamente de una mano a la otra, el lindo pañuelo parecíauna víbora, una de esas
víboras blancas que se ven en la costa yucateca.
—Pero no es por eso por lo que no enseño yo a nadie mis cuadritos—siguióAna—; sino
porque cuando los estoy pintando, me alegro o me entristezcocomo una loca, sin saber por qué:
salto de contento, yo que no puedosaltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he
dado aunos ojos, o a la tórtola viuda que pinté el mes pasado, la expresiónque yo quería; y si
pinto una desdicha, me parece que es de veras, y mepaso horas enteras mirándola, o me enojo
conmigo misma si es de aquellasque yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mías que tú
conoces,Juan, La madre sin hijo y el hombre que se muere en un sillón, mirandoen la chimenea
el fuego apagado: El hombre sin amor. No se ría, Pedro,de esta colección de extravagancias. Ni
diga que estos asuntos son parapersonas mayores; las enfermas son como unas viejitas, y tienen
derechoa esos atrevimientos.
—Pero, ¿cómo—le dijo Pedro subyugado—, no han de tener sus cuadros todoel encanto y el
color de ópalo de su alma?
—¡Oh! ¡oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto serlisonjero. La lisonja en la
conversación, Pedro, es ya como la Arcadiaen la pintura: ¡cosa de principiantes!
—Pero, ¿por qué decías, puso aquí Juan, que no querías exhibir tuscuadros?
—Porque como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo enellos tanto de mi
alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi almamisma, y me da vergüenza de que me la vean, y
me parece que he pecadocon atreverme a asuntos que están mejor para nube que para colores,
ycomo solo yo sé cuánta paloma arrulla, y cuánta violeta se abre, ycuánta estrella lucen lo que
pinto; como yo sola siento cómo me duele elcorazón, o se me llena todo el pecho de lágrimas o
me laten las sienes,como si me las azotasen alas, cuando estoy pintando; como nadie más queyo
sabe que esos pedazos de lienzo, por desdichados que me salgan, sonpedazos de entrañas mías
en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejorque hay en mí, ¡me da como una soberbia de
pensar que si los enseño enpúblico, uno de esos críticos sabios o cabalierines presuntuosos
mediga, por lucir un nombre recién aprendido de pintor extranjero, o unalinda frase, que esto que
yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a micuadrito Flores vivas, que he descargado sobre él una
escopeta llenade colores! ¿Te acuerdas? ¡como si no supiera yo que cada flor deaquellas es una
persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres ocuatro personas de un mismo carácter,
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