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Amistad Funesta -Novela

Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luzazul, y por entre los
corredores de columnas de mármol, la magnoliaelegante, entre las ramas verdes, las grandes
flores blancas y en susmecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres
amigas,en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosasJacqueminot al
lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya próximaa morir, prendida sobre el corazón
enfermo, en su vestido de muselinablanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Lucía,
robustay profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmesí, «porqueno se conocía
aun en los jardines la flor que a ella le gustaba: ¡laflor negra!».
Las amigas cambiaban vivazmente sus impresiones de domingo. Venían demisa; de sonreír en
el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos;de pasear por las calles limpias, esmaltadas de
sol, como floresdesatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas,desde las
ventanas de sus casas grandes y antiguas, las habían saludadoal pasar. No había mancebo
elegante en la ciudad que no estuviese aquelmediodía por las esquinas de la calle de la Victoria.
La ciudad, en esasmañanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas depar en
par, como si en ese día no se temiesen enemigos, esperan a losdueños los criados, vestidos de
limpio. Las familias, que apenas se hanvisto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para
ir asaludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Losviejos ese día se
remozan. Los veteranos andan con la cabeza máserguida, muy luciente el chaleco blanco, muy
bruñido el puño del bastón.Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su
mejorchaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y susombrerín de castor fino,
da gozo verlos. Los indios, en verdad,descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz,
parecenllagas. Pero la procesión lujosa de madres fragantes y niñas galanascontinúa, sembrando
sonrisas por las aceras de la calle animada; y lospobres indios, que la cruzan a veces, parecen
gusanos prendidos atrechos en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de lasarrias
de mercaderías, llenan las calles, tirados por caballos altivos,carruajes lucientes. Los carruajes
mismos, parece que van contentos, ycomo de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay
una quietudmagna y una alegría casta. En las casas todo es algazara. Los nietos¡qué ir a la
puerta, y aturdir al portero, impacientes por lo que laabuela tarda! Los maridos ¡qué celos de la
misa, que se les lleva, consus mujeres queridas, la luz de la mañana! La abuela, ¡cómo
vienecargada de chucherías para los nietos, de los juguetes que fue reuniendoen la semana para
traerlos a la gente menor hoy domingo, de losmazapanes recién hechos que acaba de comprar en
la dulcería francesa, delos caprichos de comer que su hija prefería cuando soltera, qué carruajeel
de la abuela, que nunca se vacía! Y en la casa de Lucía Jerez no sesabía si había más flores en la
magnolia, o en las almas.
Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas pusosus enseres de coser y
los ajuares de niño que regalaba a la Casa deExpósitos, habían dejado caer Adela y Lucía sus
sombreros de paja, concintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que
retozan.¡Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero que ha estado una horaen la cabeza de
una señorita! Se le puede interrogar, seguro de queresponde: ¡de algún elegante caballero, y de
más de uno, se sabe que harobado a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus
cintaslargamente, con un beso entrañable y religioso! El sombrero de Adela eraligero y un tanto
extravagante, como de niña que es capaz de enamorarsede un tenor de ópera: el de Lucía era un
sombrero arrogante yamenazador; se salían por el borde del costurero las cintas
carmesíes,enroscadas sobre el sombrero de Adela como una boa sobre una tórtola:del fondo de
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