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Amistad Funesta -Novela

pero jamás quiso desnaturalizar supluma que solo debía servir para unir a la familia
latinoamericana ypara luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro (palabra quese
encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar susconvicciones ni su tiempo a tareas
menos nobles que aquella en que sehabía empeñado.
Poseía un raro talento de asimilación y de generalización que lepermitía abordar con brillo y
con criterio sólido todos los problemasque en el orden político o sociológico entrañan el
desenvolvimiento delas naciones y su memoria privilegiada le permitía recordar todo
cuantohabía pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de unlibro recientemente
publicado que él no lo conociera y sobre el cualpudiera expresar su propio juicio; así como
conocía a todos los hombresque habían desempeñado un papel prominente en la vida de las
nacioneslatinoamericanas.
Su palabra era suave, fluida, límpida como su pensamiento, sinafectación ni rebuscamiento, y
producía el encanto de una fuentecristalina que desciende en su curso halagando los sentidos.
Cuántasveces en los días festivos, solíamos atravesar el río Hudson einternarnos en las hermosas
arboledas de las Palisades o recorríamos lasavenidas del Parque Central, y allí transcurrían
insensiblemente lashoras, bajo la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidarel
bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y rica en imágenesbrillantes se derramaba como
raudales de perlas y de flores, y suauditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella.
Recuerdo queen una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propósito de reunir yvincular a
los latinos residentes en Nueva York, tomó como tema lasflores y los pájaros que adornaban el
sombrero de una señorita allípresente, y sobre él hizo la pintura más hermosa que jamás haya
leído dela naturaleza y de la sociedad centroamericana.
La impresión que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que noshallábamos bajo un cielo
gris y helado, creyéndonos transportados a lostrópicos, y solo volví a la realidad de nuestra
existencia cuando sentíun «hurry up», pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes
quepasaban a mi lado.
Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor conla lectura de los
diarios hasta altas horas de la noche y a veces hastala nueva aurora que solía sorprenderlo
cuando, como él decía, se hallabaengolosinado por algún estudio en que ponía toda su alma
paratransmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de susamigos a quienes recibía con
solícito cariño.
Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Lasdividía entre estos y las
conferencias que daba a los cubanos pobres, enlas que se esforzaba para vincular al elemento de
color, con los de lasclases superiores, porque unos y otros debían servir para preparar
larevolución cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos.
A pesar de los largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse conla vida americana,
porque su espíritu generoso y desinteresado erarefractario a los procedimientos egoístas que
constituyen el fondo delcarácter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas
deesa nación y creía que abrigaba propósitos absorbentes, contra loscuales las repúblicas latinas
debieran estar prevenidas. Méjico, decía,solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced
a una políticahábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión deintereses
americanos. Consideraba la conferencia monetariainternacional, iniciada por Blaine y a la que él
fue delegado por elUruguay, y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecerlos
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