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Amistad Funesta -Novela

horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta el añotantos y a dar la lista de los
soberanos que reinaron en todo esetiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía los turcos
encuentranarmenios que degollar!»; y recordaba con cuánta razón, aunque elconsuelo aparezca,
viniendo del diablo, Mefistófeles adoctrinaba aFausto diciéndole: «En vano un día tras otro
amontono torbellinos,huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creoextirparlo,
de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro endefinitiva, porque aquella maldecida simiente de
Adán, jamás perece ysiempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre vigorosa
ynueva!».
Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar entoda su intensidad
este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo porllegar a una determinada altura moral y mental;
porque es preciso darnoscuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana nos
esperan,tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán tan solo los que vengandetrás de nuestra
generación. ¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba lageneración que consiguió realizar la
libertad. ¿No es esto bastantepremio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible, si no nos
hade ser posible llegar también a conseguir la felicidad, pensemos queesta será sin duda el
premio de una generación posterior: el nuestro lotenemos ya, lo hemos conseguido!
¿No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa paraserlo en el futuro;
y si llegamos a perder la esperanza de serlonosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo
sean nuestros hijos.¿Qué mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para
elesfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente,persuadidos de esa idea,
vivamos perfectamente compenetrados de que lageneración que nos precediera fue mucho más
desgraciada, mucho mássacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros. Los que
lacomponían se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron loindecible, habiendo nacido
felices; y en medio del vigor de la humanafortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente
se desangrarony murieron; ¡y no tuvieron la compensación que nosotros hemos tenido, lade ver
tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de susilusiones y de sus ensueños!
Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo enuna realidad, ¿por qué
pedir más? Siempre me he dicho esto a mí mismo, yrealmente no he pedido mucho más. Creo,
sí, que cuanto haga el hombrepor señalar a sus compatriotas las deficiencias del presente en
quevive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira,cumpliendo con su
deber de heredero de herencia semejante con tesón yenergía, pero sin desesperarse nunca;
comprendiendo que el mal es humanoy que de él no se podrá jamás desligar la humanidad.
Porque hay quetener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresasolo muy
lentamente y adelanta de una manera análoga a aquella empleadapara cumplir su voto por un
conde francés que, en la Edad Media, hizo eljuramento de marchar a Tierra Santa caminando
cuatro pasos haciaadelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete pasos tan
soloadelantaba uno. No marcha más rápidamente la humanidad. Al contrario,aun me parece que
marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y esoes lo único que podemos pedir al Destino.
Así el mañana será ciertamentemejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos
denuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas nocomo algo definitivo,
que debe satisfacernos, sino como algo transitorioque tenemos necesidad de mejorar. Si
estimamos que las condicionespolíticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo
que enellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cadacual desde su punto
de vista, harmonizando cuanto quepa su interéspersonal con el interés colectivo, haga todo lo
que pueda para conseguirese mejoramiento.
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