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Amaury

condición de quesiga sin escribir absolutamente nada. Así que
esté nombrado, recobrarémi libertad de acción y haré de mi capa
un sayo. Augusto—prosiguió elconde, dirigiéndose al joven, que
acababa de entrar con elmanuscrito,—siéntese usted y lea: le
escuchamos.
Obedeció Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos
nos hubimosacomodado bien para ser, como suele decirse, todo
oídos y no perderdetalle del relato, el joven comenzó así su
lectura:
I
Al dar las diez de la mañana de uno de los primeros días de
mayo del año1838, se abrió la puerta cochera de un pequeño
palacio de la calle delos Maturinos para dar paso a un joven
montado en magnífico corcel depura raza inglesa. Tras él y a la
debida distancia salió un criadovestido de negro y montado
también en un caballo de pura sangre, perovisiblemente inferior
al primero.
No había más que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los
que,sirviéndonos de una palabra de la época, llamaremos
lechuguinos. Era unjoven que aparentaba tener unos veinticuatro
años, y vestía conestudiada sencillez, que revelaba en él esos
hábitos aristocráticos quese adquieren desde la cuna y que no
puede crear la educación en aquellosque no los posean ya de un
modo natural.
Forzoso es reconocer que su fisonomía estaba en perfecta
consonancia consu apostura y su traje, y que no era fácil el
imaginar facciones máselegantes que las de su rostro orlado de
negros cabellos y negraspatillas que le servían de marco y al que
prestaba un carácter altamentedistinguido la mate y juvenil
 
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