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Amaury

recurso de apelar a losmedios más violentos. No podía ser este
plan más atrevido; pero encambio su autor lo era bien poco.
Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué
valientementehasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A
la noche siguiente,subí hasta el segundo piso; pero allí me
detuvo mi falta de decisión. Ala tercera llegué hasta el rellano de
su propio piso, pero me quedédelante de su puerta, sin atreverme
a llamar. Me pasaba a mí lo mismoque a Querubín: No me
atrevía a atreverme.
Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más
tiempotan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis
tazas de estebrebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres
francos de energía, subísin retenerme los tres pisos, y con mano
temblorosa y febril ademán, sinquerer pensar en nada por miedo
de arrepentirme, tiré del cordón de lacampanilla, cuyo sonido
me heló la sangre en las venas.
Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me
quedé comoclavado en el suelo, retenido allí por mi propio
juramento. No tardé enoír pasos... Alguien abrió... Lancéme al
interior de una habitaciónoscura como boca de lobo, abrí una
puerta por cuyos intersticios sefiltraba la luz y exclamé con
acento de resolución suprema:
—¡Señorita!
Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me
puso delantede mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba
de su asientohaciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo
Aumary, le dijo:
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