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Amaury

nevada intempestiva; hecho estovolvió a reírse en mis barbas y
cerró la ventana, mientras una importunaráfaga de viento me
traía un fragmento de mi carta y una muestra con élde mi
elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos
queaquel que contenía la palabra ridículo!
Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre
ningunaculpa tenía ella de este último incidente, únicamente
achacable alviento inoportuno, cerré también mi ventana con
dignidad, y me puse adiscurrir, buscando el medio de vencer
aquella, resistencia desusada enla honorable corporación de las
grisetas.
XI
Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural,
del estadode exaltación en que me encontraba yo; así, no se me
ocurrieron más queferoces combinaciones y proyectos tan locos
como salvajes, mientraspasaba revista en mi memoria a todas las
catástrofes amorosas ocurridasen el mundo desde Otelo hasta
Ansony.
Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme
con el finde que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno
aquel proverbioque dice que «la noche es buena consejera». Y
así debe ser en efecto,porque al otro día me levanté
completamente tranquilo; aquellos planessanguinarios de la
víspera, se habían trocado en resoluciones mucho
másparlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para
llamar a supuerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies,
y repetirleverbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si
rechazaba mi amor,estando con ella a solas, siempre tenía el
 
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