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Amaury

asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido quehice al abrirla,
volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombrono
exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la
carta.
Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y
cruzando lasmanos, le rogué que la leyera.
Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.
—¿A qué?
—A leerla, hombre, a leerla.
Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró
sonriendo,leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por
último, aumentando sujovialidad, prorrumpió en una franca
carcajada que a mí me dejódesconcertada. Con todo, como
acabó de leer la carta de cabo a rabo, yaiba yo recobrando una
ligera esperanza, cuando súbitamente vi que larasgaba. Estuve a
punto de gritar, pero en seguida pensó que quizástomaba tal
precaución por miedo a que la carta cayese en manos de
suhermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su
idea por másque se me antojaba que era demasiado cruel el
encarnizamiento con que secebaba en mi desventurada epístola.
Que la hubiese roto en cuatropedazos, pase; en ocho, aún podía
tolerarse; pero que la rasgase en ydiez y seis, en treinta y dos, en
sesenta y cuatro, que la redujese aimperceptibles trozos, era ya
refinamiento, y convertirla en un puñadode átomos, era dar
muestra de insigne perversidad.
Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los
fragmentosmuy pequeños le fue imposible hacer una nueva
división, abrió la mano, yenvolvió a los transeúntes en aquella
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