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Amaury

que meinteresen, y viendo que ese relato me había subyugado el
corazón enabsoluto... (perdone usted, doctor; yo bien sé que
propiamente hablando,esa víscera nada tiene que ver en tales
asuntos; pero por fuerza hay quevalerse del lenguaje corriente
para hacerse entender). Juzgué pues, queuna historia que de tal
modo me había cautivado tenía que embelesartambién a mis
contemporáneos. Y además, ¿a qué ocultarlo? no era lavanidad
del todo ajena a mi propósito: ambicionaba el título de
escritoraunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de
hombre de ingenio,como le sucedió a M... aquel consejero de
Estado a quien todos ustedesconocen. Me puse a la tarea de
ordenar ambos diarios y enumerar sushojas colocándolas de
modo que la narración fuese inteligible; borrédespués los
nombres propios, que sustituí por otros muy diferentes, ypuse
todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con
dostomos bastante voluminosos...
—Que usted no hizo imprimir porque aún viven los personajes
de esahistoria. ¿No es así?
—Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno
murió ya haceaño y medio, y el otro salió de París hace dos
semanas; y yo les creo austedes sobrado atareados y olvidadizos
para conocer a un muerto y a unausente, por mucha semejanza
que exista en los retratos. Dista mucho deser ése el motivo que
me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.
—¿Pues cuál es?
—¡Chitón! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Béranger,
ni aAlfredo de Vigny, ni a Soulié, ni a Balzac, ni a Deschamps,
ni aSainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno
de losprimeros sillones que queden vacantes en la Academia a
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