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Amaury

hacía general, no siendo ella la quemenos ponía de, su parte en
tal empeño; pero pronto triunfaba elsentimiento predominante,
dando motivo al doctor para evaluar conamargura el sacrificio
que había hecho al otorgarle la limosna de unacaricia, de una
mirada, o de una simple palabra.
No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y
apenas dieronlas nueve pretextó la fatiga de la víspera para
retirarse a descansardejando en su lugar a la señora Braun.
Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de
despedida,apoderose de una de sus manos y le tomó
disimuladamente el pulso. Unaráfaga de indecible alegría,
iluminó en el acto el contraído semblantedel doctor. El pulso era
normal; circulaba la sangre con regularidadperfecta; la arteria no
denunciaba la más leve agitación y los hermososojos de
Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino conel
resplandor de la felicidad.
Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus
brazos le deslizóal oído estas palabras:
—¡Si tú pudieras salvarla!...
Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su
despachopara trasladar a su diario las impresiones de aquel día,
uno de los másmemorables de su vida.
No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no
advirtieron niAmaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse
que ambos la creíanpresente cuando al dar las once se les acercó
la señora Braun, pararecordar a Magdalena que su padre no
permitía que se acostase mástarde.
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