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Amaury

relente de lanoche. Esto era lo único que podía envidiarle
Magdalena, ya que era máshermosa y más rica que su prima.
Pero en aquella ocasión Antoñita, contra su costumbre, en
lugar decorrer en busca de sus flores paseábase lentamente en
actitudmeditabunda y casi triste.
Magdalena, incorporada en su lecho, la siguió con la mirada,
en la quese revelaba cierta inquietud, y luego cuando Antoñita,
que habíadesaparecido acercándose a la casa, volvió a aparecer
lejos deledificio, se dejó caer de nuevo en la cama lanzando un
hondo suspiro.
—¿Qué tienes, hija mía?—preguntó el doctor, que entraba a
verla, yhabiendo levantado con sigilo el cortinaje presenció
aquel pequeñocombate de la envidia contra los buenos
sentimientos que abrigaba elcorazón de Magdalena.
—Tengo, papá, que me parece Antoñita muy feliz—contestó
lajoven.—Ella es libre en absoluto en tanto que yo estoy
condenada aeterna esclavitud. Que el sol del mediodía es
demasiado ardiente... Queel aire matinal es demasiado frío...
¡Siempre la misma canción! ¿Paraqué quiero unos pies tan
gustosos de correr, sino se les deja salirsecon la suya? Me tratan
como a una pobre flor de invernadero, condenada avivir en un
medio artificial. ¿Será que estoy enferma, papá?
—No, hija mía, no, ¡qué niñería! No padeces ninguna
enfermedad, pero tuconstitución es muy delicada. Tú misma
acabas de decirlo: Eres una florde invernadero, una de esas
flores que así se guardan porque se lastiene en gran estima. Ya
habrás visto que son las más cuidadas. ¿Qué eslo que puede
faltarles? ¿Carecen por ventura de algo que puedan poseersus
compañeras? ¿No disfrutan como ellas de la vista del cielo? ¿No
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