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Amaury

ocultó entre las manos,lanzó un hondo suspiro y permaneció
largo rato sumido en profundasreflexiones.
Abandonó su asiento, dio unos paseos por la habitación presa
de vivainquietud, se detuvo ante una papelera, sacó del bolsillo
una llavecita,y tras una corta vacilación abrió con ella un
mueble y extrajo de él uncuaderno.
Aquel cuaderno era el diario del doctor. En él escribía el señor
deAvrigny todo cuanto le pasaba cotidianamente, lo mismo que
hacía Amauryen el suyo.
El doctor permaneció un momento en pie, leyendo las últimas
líneas quehabía escrito el día anterior. Luego, como quien acaba
de tomar unaresolución penosa, sentose, tomó la pluma y
escribió lo que sigue:
«Viernes, 12 de mayo, a las cinco de la tarde.
»Gracias al Cielo, está mejor Magdalena. Ahora reposa.
»He hecho cerrar todos los postigos de su aposento, y a la
débil luz dela lamparilla he visto cómo su tez recobraba poco a
poco el color de lavida y su respiración, ya tranquila, levantaba
su pecho a intervalosiguales. Entonces he besado su frente,
húmeda y enardecida, y he salidode puntillas, procurando no
hacer ruido.
»A su lado quedan Antonia y la señora Braun. Estoy, pues,
aquí a solascon mi conciencia para juzgarme y condenarme yo
mismo.
»Reconozco que he sido injusto y cruel; he herido sin
compasión doscorazones puros, generosos y que me aman. He
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