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Amaury

Y efectivamente, daban las siete en punto cuando Felipe y su
apoderado,que le acompañaba en calidad de testigo, llegaban a
la Muette,descendiendo de su alado vehículo. Casi en el mismo
instante, fieles ala consigna, Amaury y su amigo Alberto se
presentaban también en ellugar de la acción, aquél apeándose de
a caballo, y saltando de suelegante cabriolé el otro.
No tardaron en ponerse a discusión las condiciones del duelo.
El amigode Felipe, que estaba algo avezado a esos trotes, acortó
mucho lospreparativos.
En su concepto su apadrinado era el ofendido, y como tal tenía
derecho ala elección de armas: debían, a mayor abundamiento,
servirse de lasespadas o pistolas que, a prevención, habían
llevado Felipe y él.
Alberto, advertido de antemano por Amaury para que
accediese a todas laspeticiones de la parte contraria, aunque
rayaron en exigencias, se avinodesde luego a todo, sin oponer
más objeciones que las que son de rigoren tales casos.
Convinose, pues, en que el encuentro se verificaría a espada y
con laspropias armas de Felipe, dos espadas militares
magníficas.
Una vez puestos de acuerdo Alberto y el procurador, aquél
ofreció a ésteun cigarro de su preciosísima petaca, pero viendo
que rehusaba lafineza, púsose a encender tranquilamente su
habano y luego, acercándosea Amaury, díjole sin recatar la voz
y como para vengarse del desairecurialesco:
—Ea, ya está todo listo y a punto; el duelo va a ser a espada.
Conquebuena mano ¡y no te dé lástima ese pobre diablo!
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