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Amaury

mañana; peroprudentemente ocultó su zozobra para no aumentar
los temores deAntoñita, y afectando una tranquilidad que estaba
muy lejos de sentir,prometió que al día siguiente se ocuparía de
tan importante asunto,avistándose con aquel par de insensatos.
En efecto, muy de mañana, mandó enganchar y se hizo
conducir a escape acasa de Amaury, a quién no encontró; le
dijeron que acababa de montar acaballo y que, haciéndose seguir
tan sólo de su groom inglés, habíapartido con tal precaución y
silencio que ni siquiera dejó dicho adóndeiba.
Al conde le faltó entonces tiempo para lanzarse en busca de
Felipe.
Pero tampoco le halló en casa. Sólo vio al portero, de pie en el
umbralde la puerta, refiriéndole a un su amigo, que, una hora
antes, habíavisto salir al señor de Auvray junto con su
procurador, y que éste, envez del consabido rollo de papel
sellado, que era la característica desu grave personalidad y
profesión llevaba bajo el brazo aquel día un parde espadas y una
caja de pistolas. Este relato hubo de repetirlo elbueno del
portero en obsequio al conde, añadiendo finalmente que elseñor
de Auvray y su acompañante habían tomado un simón, y que él
lesoyó dar esta orden al auriga:
—¡Volando al Bosque de Bolonia... avenida de la Muette!
El conde no quiso saber más; repitió estas señas a su cochero
ypartieron al galope.
Pero eran ya las seis y media y la cita se había pactado para las
siete.¡Era un contratiempo muy sensible!
LI
 
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