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Amaury

Felipe no contestó, contentándose con dirigirle una patética
mirada, ysalió en trágica actitud, con sentimiento de haber
hablado demasiado.
Antoñita, que no podía permanecer indiferente después de lo
que habíaoído, pues comprendía que algo muy grave indicaban
las incoherentespalabras de Felipe, dirigiose a Amaury
presurosa y cuando éste tomaba elsombrero para retirarse, y sin
aparentar inquietud; pero con el firmepropósito de conjurar
cualquier peligro que por parte de Amaury pudieseamenazar a
su preferido, le dijo:
—No olvide usted que mañana es el primero de junio, y
debemos ir avisitar a mi tío.
—No lo he olvidado—contestó Amaury.
—Entonces nos encontraremos allí como de costumbre. A las
diez, ¿no esasí?
—Sí, a las diez—repitió distraídamente Amaury;—pero si no
pudiese irhasta las doce, yo le rogaría que dijese usted a su tío
que tal vez meretenga en París algún asunto urgente.
Estas palabras fueron dichas con tan fría entonación que
Antoñita nopudo menos de estremecerse; pero no dijo palabra, y
acercándose al condede Mengis le rogó que permaneciese aún
en la casa unos cuantos minutos.
Así lo hizo el conde, y cuando Antoñita, pudo hablarle a solas,
leenteró de las palabras de Felipe, de las reticencias de Amaury,
y de sustristes presunciones.
No dejó de alarmarse el conde al relacionar lo que acababa de
oír conalgo que había oído de boca de Amaury aquella misma
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