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Amaury

—Has dicho bien—respondió el pensativo Amaury, con el
rostro algo mássereno.
—Ya ves, pues, que tenía razón—contestó Felipe con
regocijo.—Ahora, yen segundo lugar, no podrás menos de
convenir conmigo en que el amor esel más espontáneo y libre de
nuestros sentimientos, y el que nace másajeno a la influencia de
nuestra voluntad.
—¡Es muy cierto!—asintió Amaury.
—Todavía no he terminado—dijo Felipe con creciente
entusiasmo.—Entercer lugar, ya que mi juventud y mi
vehemente facultad amorosa hanhecho resurgir en mí el amor
intenso y vivaz, ¿estoy obligado a matar uninstinto noble,
natural, legítimo, casi divino, por dejarme llevar
depreocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la
Naturaleza, ypor tanto no posibles en lo humano y dignos de que
Basón les llamaraerrores fort?
—¡Claro está que no!—masculló Amaury.
—En tal caso—concluyó Felipe, con acento triunfal,—debes
confesar queno es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor
hacia Antoñita.
—¿Y a mí qué me importa que la ames o no?—dijo Amaury.
A tal grosería contestó Felipe sonriendo con la mayor
impertinencia:
—Querido Amaury, eso es cuenta mía.
—¡Cómo! ¿Después de comprometer con tus audacias e
impertinencias aAntoñita, te atreverás a decir que ella te
corresponde?
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