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Amaury

Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continuó:
—No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de
pasadosjuramentos y una flagrante traición al recuerdo de
Magdalena; pero no escreíble que todos puedan ser como tú,
modelos de constancia. Además ellate amaba, estaba dispuesta a
ser tu esposa, y a tu vez te disponías aser su compañero de por
vida, idea grata a la cual ya te habíasacostumbrado, mientras que
yo no había pensado ni esperado nadasemejante, sino de una
manera fugaz, pues tú me arrebataste laesperanza, no bien que
fue nacida. No pienses que trato de atenuar miculpa; por mucho
que la execres no he de quejarme de ello; peroescúchame un
momento más y dime luego si no existen circunstancias
queatenúan el delito que he cometido, dejando de amar a
Magdalena para amara Antoñita.
—Hable usted; ya le escucho—dijo con viveza Amaury,
aproximando susilla para oír mejor a Felipe.
XLIX
Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la
impresión que sudialéctica y su retórica parecían producir en el
ánimo de suinterlocutor, prosiguió diciendo:
—En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave
comoparecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una
persona que habíavivido siempre a su lado, una amiga, prima,
hermana pudiéramos decir, enquien me parece continuar mis
pristinos amores, pues me retrataconstantemente a Magdalena
en sus gestos, en sus palabras. Amar a lasegunda es como seguir
amando a la primera.
 
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