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Amaury

—El segundo de los síntomas que me hicieron conocer el
estado de mialma fue una viva pasión de celos; pues cuando en
los primeros días delmes corriente Antoñita se mostraba contigo
tan insinuante, no pudeimpedir que germinase en mi corazón un
odio feroz contra mi amigo de lainfancia; odio, pronto apagado
por la reflexión de que no te sería fácilcorresponder a ese amor
hallándote tan influido por el recuerdo de otroamor que absorbía
tu alma.
Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.
—¡Sí, amigo mío! Aquello no fue más que una sospecha fugaz
como elrelámpago, que apenas nace muere: lo que me produjo
más que odio, másque despecho, más que cólera, fue el
conocimiento de las ventajas quepor momentos ganaba el fatuo
Mengis en el corazón de aquella que tanabsoluta y súbitamente
se había hecho dueña de mi voluntad y de missentimientos. No
dejaba de observar un momento a mi rival, y veía cómose
apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le
hablaba envoz baja, y se reían y, en fin, otras muchas cosas que
apenas hubiesepodido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La
irritación, los celosterribles que todo esto despertaba en mí,
fueron la prueba de miapasionamiento... ¡Pero tú no me
escuchas, Amaury!
Es de creer que, al contrario, Amaury escuchábale demasiado
bien, puesel rostro se le encendía como si le caldeasen ondas de
fuego, lo cualhacía presumir que cada palabra de las que había
oído repercutíadolorosamente en su corazón. Taciturno y
sombrío, ensimismose de modoque sentía latir su corazón y le
zumbaban los oídos al circular lasangre en impetuosa carrera
por las arterias cerebrales.
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