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Amaury

¿Era posible que Antoñita prefiriese a un hombre como aquél,
indigno deella, tan altiva, tan aristocrática y tan... burlona?
Tan inverosímil fenómeno sólo podía explicarse por una
humorada un tantoextravagante, y pensando que sería una
broma pasajera esperaronimpacientes la noche del sábado.
Pero el sábado llegó, y continuó el programa iniciado el
jueves; esdecir, las atenciones de Antoñita, y el visible favor de
que Felipedisfrutaba, y su penosa turbación por esa causa.
No cabía duda de que era él el pretendiente preferido, y era
esto tanevidente que el pobre chico no sabía ni lo que le pasaba,
y si lehubiesen obligado a decir lo que sentía, habría confesado
que sietemeses de desdenes no le habían atormentado tanto
como aquellas dosveladas de favor.
Ocioso es decir que por más que el modesto Felipe procuraba
mostrarsehumilde como nunca ante su amigo Amaury, no
conseguía ser tratado poréste de otro modo que con una altivez
antipática y humillante, sin quehubiese una sola atenuante a
semejante actitud por parte de Leovillepara con su antiguo
amigo.
En tres consecutivas ocasiones, al pasar a caballo por delante
de lacasa de su pupila, había visto el severo tutor a un individuo
querondaba alrededor del edificio y que al verle escurrió el
bulto, no sinque Amaury notase una perfecta semejanza entre él
y su ex amigo Felipe.
Este encuentro, que se repitió muchas veces, siempre que
pasaba Amaurypor la calle de Angulema, le hizo indignarse en
sumo grado, pues habríarazón para pensar que muy grande y
manifiesta debía ser la preferenciade una dama para que un
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