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Amaury

permanecía clavado en susitio como pidiendo el socorro de un
alma caritativa.
Por fortuna entró en esto la condesa, y Felipe, sintiéndose
salvado,acercose presuroso a ofrecerle sus respetos.
—Señores—dijo el conde,—no cabemos los cinco en el coche;
pero, si nome equivoco, Amaury ha traído su cupé.
—Así es—exclamó Amaury.—Puedo ofrecer un asiento al
señor vizconde.
—Iba a pedirle ese favor—dijo el señor de Mengis.
—Ambos jóvenes se saludaron.
Amaury, como puede inferirse, se apresuró tanto a ofrecer al
vizconde suasiento en su cupé, temeroso de que le endosaran a
Felipe.
Pero, al fin, se arregló todo. Felipe subió a la vetusta berlina de
loscondes, y Raúl y Amaury siguieron en el cupé de este último.
Llegaron a la casita de la calle de Angulema en la cual
Amaury no habíapuesto los pies hacía ocho meses: los criados
eran los mismos y al verleprorrumpieron en exclamaciones de
alegría, a las cuales respondió Amauryvaciando sus bolsillos
con amarga sonrisa.
XLV
El conde de Mengis detúvose en la sala, y dijo:
—Señores, les prevengo que van a encontrar al lado de
Antoñita a seisde mis contemporáneos a quienes tiene
encantados, y que han tomado laresolución de consagrarle con
puntualidad tres noches por semana; espreciso además que para
 
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