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Amaury

Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en
loscuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no
se salede ellos nunca antes del amanecer.
Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el
conde M... Digoamigo mío y en realidad no haría mal en decir
amigo de mi padre, pues esel caso que el conde de M... quien
por nada de este mundo es capaz deconfesar motu proprio su
edad (ni, por otra parte, tampoco hay quienle pregunte sobre
ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos añosbien cabales,
aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias
alextremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los
últimos y másgenuinos representantes del tan calumniado siglo
XVIII, lo cual debe sinduda explicar la escasez de sus creencias,
circunstancias que (dicho seaen su honor), no le ha hecho caer,
como a la mayoría de los incrédulos,en el afán de empeñarse en
que los demás dejen de creer también.
Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del
corazón y otrodel entendimiento, que mutuamente se repelen. Es
egoísta por sistema ygeneroso por naturaleza. Nacido en tiempo
de nobles y filósofos, elinstinto aristocrático viene a equilibrar
en su espíritu laindependencia del pensador. Conoció a los
hombres más conspicuos delpasado siglo. Fue bautizado por
Rousseau con el título de ciudadano;Voltaire le auguró que sería
poeta; Franklin le recomendó simplementeque fuese un hombre
honrado y bueno.
Juzga el año terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germán
lasproscripciones de Sila y las matanzas de Nerón. Con
escéptica mirada hapresenciado el desfile de los asesinos, de los
septembristas, y de losguillotinadores, primero en carro y luego
en carreta. Ha conocido aFlorián y a Andrés Chénier, a
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