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Amaury

Ambos jóvenes, cuando el conde de Mengis pronunció sus
nombres, sesaludaron fríamente; pero como para ciertas
personas, la frialdad es unode los elementos de los buenos
modales, el conde no observó ese desvíoque su sobrino y
Amaury se manifestaban, al parecer por instinto, el unoal otro.
Sin embargo, cambiaron algunas frases corrientes. Amaury
conocía muchoal embajador que protegía a Mengis. Hablaron
principalmente del conceptode que disfrutaba la legación
francesa en la corte del imperiomoscovita, haciendo el vizconde
grandes elogios del Zar.
Al empezar a languidecer el diálogo, anunciaron a Felipe
Auvray.
Como hemos dicho, tenía la costumbre de ir a casa del conde
de Mengislos martes, jueves y sábados, para acompañarle a
visitar a Antoñita;costumbre que había acabado por hacerse muy
agradable a la ancianacondesa.
Amaury recibiole no solamente con frialdad, sino con
altanería.
Felipe, al ver a su antiguo camarada, cuyo regreso ignoraba, se
dirigióhacia él alborozado, acercándosele con afectuosa
familiaridad; peroAmaury no correspondió más que con un
ligero movimiento de cabeza, ycomo el otro siguiese
cumplimentándole muy cortés y obsequioso, levolvió
completamente la espalda y apoyose en la chimenea,
aparentandoconcentrar toda su atención sobre unos objetos de
fantasía que decorabanla sala.
Sonriose imperceptiblemente el vizconde, mirando a Felipe,
quien conojos azorados y con el sombrero en la mano,
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