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Amaury

mi alma no cabe eldisimulo... ¿Obro bien? No lo sé; pero yo
quisiera distraerme, salir,frecuentar la sociedad... vivir, en suma.
»Estas habitaciones me dan frío; en ellas tengo miedo, y al
encontrarmeante un busto marmóreo o uno de esos inmóviles
retratos que adornan susparedes, resurge en mí la Antoñita de
siempre. ¡Temo que soy la misma,Amaury!
»El melancólico y tristón Felipe, goza el privilegio de que me
río de élpara mi fuero interno cuando le tengo en mi presencia, y
con la señoraBraun cuando se ha marchado... A ése no tengo
que respetarle...
»Puede usted reñirme por esta tendencia a la burla que yo
misma me echoen cara, sobre todo tratándose de uno de sus
mejores amigos. Puede ustedreñirme, Amaury, pues es el único
capaz de corregir mis defectos si asíse lo propone... Pero no me
gusta oírle hablar de usted: querría oírle austed mismo.
»¿Cuál es ahora su disposición de ánimo? ¿En qué piensa?
¿Qué siente?
»¡Oh! ¡Cuán triste es mi posición, colocada entre usted y mi
tío!... Meespantan, me aniquilan, esos dos grandes dolores...
»Tenga usted en mí, hermano mío, un poco de confianza y no
deje que mialma se consuma en tan triste soledad. Un espíritu
débil que se asusta yque llora merece alguna condescendencia.
»A veces llego a envidiar la suerte de Magdalena. Ella dejó
este mundosiendo amada y ahora es feliz allá arriba, mientras
que yo vivoenterrada en la soledad y el olvido, más odiosos que
la tumba...
»Antonia de Valgenceuse.»
XLI
 
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