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Amaury

capaz de alegrar mientristecido corazón tanto como su recuerdo,
que siempre vive en mipecho.
»¿Quiere usted que le explique cómo nos revelamos
mutuamente nuestroamor al mismo tiempo que este sentimiento
se nos reveló a nosotrosmismos?
»Hace de esto unos dos años y medio.
»Era una tarde de primavera. Estábamos los dos sentados en el
jardín, enla plazoleta de los tilos que usted puede ver a todas
horas desde laventana de su cuarto. Ambos nos sentíamos con
humor para charlar y trasde recordar todo el pasado nos
complacíamos en tratar de adivinar lo quenos reservaba el
porvenir.
»Ya sabe usted que mi amada Magdalena ocultaba bajo su
melancólicaapariencia un corazón que no estaba reñido con la
jovialidad y laalegría. No tardamos mucho rato en venir a parar
al tema eterno yhablamos del matrimonio, aunque sin hablar ni
una palabra de amor.
»¿Qué cualidades había que poseer para conquistar el corazón
deMagdalena? ¿A qué encantos podría rendirse el mío?
»Contestando a estas preguntas enumerábamos las
perfecciones queexigiríamos en la persona objeto de nuestro
amor y pudimos comprobar quese asemejaban mucho.
»—Ante todo—decía yo,—querría conocer a fondo a la
persona elegida ysaber de memoria todas las circunstancias de
su existencia.
»—Yo también—repuso Magdalena.—Cuando pretende
nuestro amor undesconocido, éste oculta bajo su negro frac un
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