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Amaury

uno y otro, media unaenorme distancia. Ya sé que usted no ha
de amar, pero aun puede seramado y ¡debe ser tan grato el verse
amado!
»No muera usted, Amaury, no muera usted. Piense
constantemente enMagdalena; pero cuando se encuentre a
orillas del Océano contemple eseOcéano al mismo tiempo que
recuerda su dolor. ¡Dios mío! ¿Por qué he decarecer de
elocuencia para poder convencerle? Déjese convencer
siquierapor las grandes cosas que admiran sus ojos, por esa
eterna Naturalezacuyos inviernos son nuncio de primavera y la
muerte es siempre en ellael prólogo de una resurrección
esplendorosa.
»¿No es verdad que, al parecer, bajo esas nieves y esos
hielosinvernales no puede estar latente la vida para hacer su
apariciónpujante y vigorosa algo más tarde? Pues así también
palpita con ardienteactividad la vida humana bajo las penas que
inútilmente pugnan poraniquilarla y destruirla. No sea usted
ingrato rechazando los dones queDios le envíe; déjese consolar
si le agrada que le consuelen; permítasea sí mismo vivir y
obedézcale si le ordena que viva.
»Perdóneme usted, Amaury, si le hablo de un modo tan
expansivo y con tanabierta franqueza. Al pensar que está tan
lejos, tan desesperado y solo,siento en mi alma una compasión y
una ternura fraternales (iba a decirmaternales), y estos afectos
que su desgracia me inspira, me infundenfuerza y valor para
dirigir esta súplica al amigo de mi niñez, paralanzar este grito al
novio de Magdalena:
»¡No muera usted, Amaury! ¡No muera usted!
»Antonia de Valgenceuse.»
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