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Amaury

cuarto, dejando aFelipe que esperara hasta que ya, aburrido, se
marchase, cansado deaguardar.
Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lástima y entró en
sudespacho, donde sabía por el criado que estaba esperándole
Felipe.
—¡Gracias a Dios!—dijo éste al ver a Amaury.—Una hora
hace que teaguardo. Ya lo habría dejado para mejor ocasión si
no fuese porque tengoque pedirte un gran favor, contando con tu
amistad.
—Ya sabes, Felipe—respondió Amaury,—que te considero
como mi mejoramigo. Así, no habrás de enojarte por lo que
ahora te diré. ¿Tienes quepagar una deuda de juego o batirte en
duelo? Esas son las dos únicascosas que no admiten demora.
¿Has de pagar hoy? ¿Has de batirte mañana?En cualquiera de
esos casos dispón en el acto de mi bolsa y de mipersona.
—Nada hay de lo que imaginas—respondió Felipe.—Venía a
hablarte de unasunto bastante más importante, pero no de tanta
urgencia.
—Entonces debo decirte francamente que estoy en una
situación de ánimonada a propósito para prestar atención a tus
palabras, no obstante elgran interés que me inspira todo cuanto
te concierne.
—Siendo así, permíteme que te pregunte a mi vez si por mi
parte puedoprestarte ayuda de algún modo.
—No es fácil, por desgracia. Lo más que puedes hacer es
diferir por doso tres días la confidencia que querías hacerme
ahora. Necesito estarsolo.
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