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Amaury

»Llegué al cementerio, que, como usted sabe, está rodeado por
una tapiamuy baja. No queriendo yo enterar a nadie de mi visita
escalé la tapiaen lugar de ir a pedir la llave al sacristán.
»Serían las ocho y media de la noche y reinaba en el fúnebre
recinto laoscuridad más completa. Avancé con sigilo en las
tinieblas procurandoorientarme y llegué hasta la tumba de
Magdalena... Pero, ¡cuál no seríami sorpresa cuando vi una
sombra humana tendida sobre la sepultura! Díun paso más y
reconocí al doctor. He de confesarle, Antoñita, que sentíun
impulso de cólera al ver que aquel hombre, que mientras vivió
su hijano se separaba de ella, me la disputaba ahora hasta en el
sepulcro.
»Me apoyó en un ciprés y resolví aguardar a que él se hubiese
marchado.
»De rodillas, con la cabeza inclinada casi hasta tocar en tierra,
elseñor de Avrigny, murmuraba:
»—Magdalena, si es verdad que hay otra vida, si el alma no
muere con elcuerpo que le sirve de envoltura, si por la
misericordia divina les espermitido a los muertos visitar a los
vivos, yo te suplico que te meaparezcas tan pronto y tan
frecuentemente como puedas, porque hasta elmomento en que
haya de ir a reunirme contigo yo, hija mía, te aguardaréa todas
horas esperando siempre verte.
»Lo que el doctor estaba diciendo a su hija, era lo mismo que
yo queríapedirle. ¡Oh! Siempre aquel hombre había de
anticipárseme en todo.
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