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Amaury

El doctor, con los ojos arrasados en lágrimas, los estrechó en
susbrazos y exclamó elevando los ojos al cielo:
—¡Oh, mis dos últimos amores en la tierra!... ¡Dios mío! ¡Haz
que seanfelices y gocen tranquilidad; sí, que vivan tranquilos en
este mundo, yalcancen la dicha eterna en el otro!
Les besó la frente. Uniéronse las manos de los jóvenes, y
ambos seestremecieron, mirándose conmovidos y con la
turbación de su ánimoreflejada en el semblante.
—Dale un beso, Amaury—dijo el doctor, acercando a los
labios del jovenla frente de Antoñita.
—¡Adiós, Antoñita!
—¡Adiós, Amaury! ¡Hasta la vista!
Despidiéronse con temblorosa voz, ahogada por la emoción.
El doctor, que en aquella ocasión era entre los tres el más
dueño de símismo, se levantó para poner término al dolor de
aquella separación quedesgarraba su alma. Ellos hicieron lo
propio y después de contemplarseen silencio estrecháronse por
última vez la mano, mientras el doctordecía:
—¡Ea! ¡en marcha, Amaury! ¡Adiós!
—En marcha—repitió Amaury de un modo maquinal.—No se
olvide deescribirme, Antoñita. ¿Lo hará usted así?
La joven no se sintió con fuerzas para contestar ni para
seguirles. Losdos se despidieron de ella con un ademán y
salieron precipitadamente.
Pero, merced a una extraña reacción, Antoñita, tan pronto
como ellosdesaparecieron recobró toda su energía y corriendo a
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