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Amaury

ilustre prosapia consumir así el tiempo entre muchachas;porque
lo que es natural a los doce años resulta ridículo a losveintitrés;
porque, al fin y a la postre, mi hija puede salirperjudicada de
esas visitas tan repetidas.
—¡Caballero! ¡caballero!—exclamó Amaury.—¡Tenga usted
compasión deMagdalena! ¿No ve que la está matando?
Era verdad. Magdalena se había desplomado en su butaca,
quedando inmóvile intensamente pálida.
—¡Oh! ¡hija mía!—gritó Avrigny, demudándose como ella.—
¡Ah! ¡Tú ledas la muerte, Amaury!
Y alzándola en sus brazos la llevó al aposento contiguo.
Amaury siguió al doctor.
—¡No entres!—dijo éste deteniéndole en el umbral de la
puerta.
—Magdalena necesita asistencia.
—¿Acaso no soy médico?
—Perdone usted, caballero; yo pensaba... no quería irme sin
saber...
—Gracias por tu cuidado. Pero tranquilízate: yo estoy aquí
paraasistirla. Puedes irte cuando quieras.
—¡Adiós! ¡Hasta la vista!
—¡Adiós!—repitió el doctor lanzándole una mirada glacial.
Después empujó la puerta, que volvió a cerrarse en seguida.
Amaury quedó como clavado en el sitio en que estaba, inmóvil
y comoaturdido.
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